Una Exquisita Crónica Para El Día Del Padre

Nombre del artículo:                                                        Una exquisita crónica para el día del padre

         por el hermano Marcos García, junio de 2009

En el libro de Génesis se encuentra clavado el más hermoso relato de amor de un hijo a su padre, específicamente, del amor que profesó José, el soñador, al patriarca Jacob

He querido traerles esta extraordinaria narración bíblica en esta fecha en que muchas personas celebran el Día del Padre, ya que la considero la más emotiva, gloriosa, y ejemplar novela jamás escrita, capaz de envolvernos en una reflexión bienaventurada y, sin duda alguna, de sacarnos sollozos, y en ocasiones, hasta el llanto mismo.

Por lo general el (la) lector(a) de la historia de José se enfoca en la envidia y crueldad de sus hermanos, en la calumniosa mentira de una mujer rechazada que lo lleva a la cárcel, y en toda la gloria a la que Jehová lo lleva, “porque Jehová estaba con José”, y pasa desapercibido los enternecedores eventos que saltan como gacelas en el escenario del corazón de un hombre, que a pesar de la adversidad, mantuvo inalterado ese primoroso sentimiento de amor a su padre.

En el versículo 13 del capítulo 42 José se entera por boca de sus hermanos que su amado padre aún vive. Imagínese el corazón de este hombre cuando recibió tal noticia; ahora su sueño de volver a ver a su papá parece materializarse frente a él. Estaban hablando de aquel consejero, ese amigo, el padre que una vez manifestó todo su cariño confeccionándole una preciosa túnica de colores, y al que no veía desde hace 20 años aproximadamente.

En el capítulo 43 de mi Biblia, al margen del versículo 27 tengo escrita la siguiente nota: “esta pregunta me lastima”. Y es que algo revuelve todo mi ser cuando leo a José preguntar -¿Vuestro padre lo pasa bien? ¿Vive todavía?

La alegría grande inundó el corazón del gobernador de Egipto cuando sus hermanos le respondieron –bien va a tu siervo nuestro padre; aún vive. Gén. 43:28

Es una realidad que había ansiedad en José al preguntarle a sus hermanos -¿Tenéis padre…? Gén. 44:19. Es posible que hubiera conflictos sobre lo que en estos momentos sentía por sus hermanos, y que también los hubiera respecto al tratamiento que debiera darles, pero ese amor que sentía por su padre y que guardaba como retrato pegado a su corazón, ese amor indeleble brillaba con tanto fulgor que ni la oscuridad de la inclemente mazmorra a la que había sido injustamente confinado; ni las rutilantes luces de la prosperidad habían logrado ponerlo en otro lugar. El amor de José hacia su padre estaba allí, sentado en su corazón, con aparente timidez, esperando el momento de violentar las rejas y salir de su pecho para amar intensamente.

La vehemencia con que saltaba cada vez la pregunta acerca de su padre deja claramente expuesta toda la grandeza de este amor. Vea el lector(a) el dramático versículo 3 del capítulo 45, parecía que no había nada más importante que saber si su papá vivía. Más que una pregunta parece un ruego apremiante, un –ya no puedo esperar más para saber si mi papá aún está vivo, lo demás puede esperar, pero no se detengan, no dilaten más su respuesta, ¿Es que no ven mi angustia?, ¡No saben lo que siento!, ¿Alguien puede entenderme?

Es importante que pasemos por el versículo 13 del capítulo 45, Haréis, pues, saber a mi padre toda mi gloria en Egipto, y todo lo que habéis visto; y daos prisa, y traed a mi padre acá. Más que falta de modestia es usar el recurso para hacerle saber a su padre que ya no debe preocuparse, que él se encargará de todo, que en su vejez no pasará hambre, que Jehová está con él.

En el versículo 23 del capítulo 45, vemos que José motivado por el amor que sentía, además de  tomar decisiones emergentes, enviándole a Jacob suficiente comida para la travesía, también le envió un regalo, un regalo que contenía… lo mejor de Egipto. Mas, temiendo quizás, que sus hermanos no entregaran las provisiones a su amado padre, les impele que lo lleven a él en el menor tiempo posible.

Jacob contaba a su hijo entre los muertos, lo había llorado y había expresado que con luto se reuniría con él en el lugar de los muertos, capítulo 37, versículos 33, 34 y 35. Empero la nueva lo llenó de una sublime alegría, tanto así que dijo: José mi hijo vive todavía; iré, y le veré antes que yo muera. Génesis 45:28

La historia de José me apasiona por lo cargada de pureza y rectitud en cada evento, sin embargo, por lo puntual del tema tratado debo saltar hasta el capítulo 46 donde el escritor sagrado narra un  singular encuentro: Gén. 46:29 Y José unció su carro y vino a recibir a Israel su padre en Gosén; y se manifestó a él, y se echó sobre su cuello, y lloró sobre su cuello largamente. La Nueva Versión Internacional dice: José hizo que prepararan su carruaje, y salió a Gosén para recibir a su padre Israel. Cuando se encontraron, José se fundió con su padre en un abrazo, y durante un largo rato lloró sobre su hombro.

Amado(a) lector(a) permítame decirle que me hubiera gustado estar en primera fila presenciando tal acontecimiento, esta es una de esas oportunidades que hoy día hubiera marcado rating total en las televisoras, de igual forma, a pesar que ocurrió hace tanto tiempo, apasiona e invita a propiciar escenas tan plenas de amor como la descrita.

Se estableció Jacob en Egipto donde vivió diecisiete años y al sentir que su final se acercaba llamó a José para expresarle sus deseos. Después de escucharlo con reverencia José respondió: Haré como tú dices. Gén. 47:30

José fue un hombre que amó a Jehová y lo manifestó amando a su padre. Es triste que muchos(as) hermanos(as) que dicen amar a Dios no sustenten esa expresión manifestando amor a sus progenitores.

Hasta pronto.

Glosario de términos

Impeler: Dar empuje para producir movimiento. Incitar, estimular.

Novela: Hechos interesantes de la vida real que parecen ficción.

Rutilante: Que brilla mucho o emite una luz muy intensa.

Uncir: Atar o sujetar al yugo bueyes, mulas u otras bestias.

Bibliografía

Biblia Reina Valera 1960

Biblia Nueva Versión Internacional 1999 by International Bible Society.

Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, Vigésima segunda edición

Diccionario Manual de la Lengua Española Vox.© 2007 Larousse Editorial, S.L.

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Los énfasis son del autor del artículo.

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El arrepentimiento: ¡ Un asunto pasado de moda ¡

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El arrepentimiento: ¡ Un asunto pasado de moda ¡

por el hermano Marcos García, marzo de 2009

Una de las cosas que más promueve el comercio mundial es la moda, y uno de los elementos que podemos tomar como base para darnos cuenta de la seducción del mundo a la iglesia es precisamente la moda. Vemos que la misma pasa con extraordinaria rapidez, para que después de algunos años se repita el ciclo y lo que estaba desfasado, pero que causó furor, vuelva a tomar auge y a formar parte de los complementos que evidencian la vanidad del hombre y de la mujer.

En la iglesia sucede lo mismo, hay sermones que han causado furor, que al igual que lo hacen las buenas obras de teatro en los países del primer mundo, han llenado las iglesias por varias semanas. Por lo general, estos mensajes están saturados de palabras emotivas que dicen lo que la gente desea oír, o de profecías sobre prosperidad que casi siempre usan el nombre de Dios en vano. Indistintamente de quien los haya originado, éstos son ligeramente retocados y vueltos al púlpito con el ánimo de causar apoteósicos aplausos y que los amenes retiñan en las paredes llenando de orgullo el corazón del predicador y de la predicadora.

Como hemos dicho en artículos anteriores, la prosperidad, ruinmente predicada, es uno de los caminos usados por el Diablo para conducirnos al infierno, aún así, es uno de los temas más atractivos, tanto para los(as) predicadores(as) como para los(as) oyentes.

Sin embargo, algo tan necesario para alcanzar la misericordia divina como lo es el arrepentimiento, hoy parece ser tema prohibido en los diferentes tipos de púlpito, cuando debiera predicarse con el denuedo que lo predicó Juan el Bautista; con la relevancia con que lo predicó Jesús; y con la vehemencia con que lo predicó Pedro.

Este requisito tan valioso para la salvación ha dejado de aparecer en los bosquejos de pastores(as); de predicadores(as); y hasta de renombrados evangelistas. Pareciera que el tema carece de atractivo; que, quizás riña con los intereses de las mega iglesias, y/o que no nos hace parecer tan buenos(as) como pretendemos hacernos ver. He escuchado con atención cuando se hace el llamado a los pies del Señor, y no son pocas las veces que no se les dice a quienes se acercan que deben arrepentirse.

Estimado(a) lector(a), esto es realmente lamentable, ya que sin arrepentimiento no hay salvación, Gálatas 6:7 dice: No os engañéis; Dios no puede ser burlado. En Lucas 13:3 y 5 el mismo Jesús exhorta al arrepentimiento de tal forma que expresa enfáticamente que si no nos arrepentimos pereceremos. Pedro, un hombre que había experimentado el arrepentimiento y que se encontraba gozando de la consecuencia de ese arrepentimiento, después de exponer públicamente las razones que los israelitas tenían para arrepentirse les dice en voz a cuello “…arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; Hechos 3:19. El apóstol Pablo, de una manera magistral en el Areópago, dice que Dios nos manda a todos que nos arrepintamos. Hechos 7:30

Y es que mientras no se experimente el verdadero arrepentimiento bíblico no se es salvo(a), ya que esta es la base de la salvación. La Biblia es clara e irrebatible cuando habla sobre el arrepentimiento.

El verdadero propósito por el cual vino Cristo a morir por nosotros ha sido diluido por el hombre. Es una pena que hoy en muchas iglesias se predique un evangelio donde no es necesario el arrepentimiento, donde sus enseñanzas van dirigidas a presentarnos a un Jesús de prosperidad, a un Jesús  que vino para darnos abundancia y bendiciones. Un evangelio light que no nos ofrece a Jesús El Salvador, mas bien a un dios proveedor de riquezas materiales, de salud física y de bienestar social; a un dios que patrocina la vanidad humana y que se especializa en ser un suplidor de todos nuestros caprichos.

Hemos visto que Juan el Bautista predicó el arrepentimiento, que Jesús inicia su ministerio predicando el arrepentimiento, y que es el arrepentimiento el que Pedro predicó el día de Pentecostés. ¿Quedará alguna duda de que al optar por la vida eterna debemos comenzar por allí?

El arrepentimiento Bíblico es aquel que nos hace cambiar por dentro. Es un cambio de corazón, de dirección, y de mente. Es un milagro que Dios hace en el corazón, para que podamos tener ese dolor por los pecados cometidos, para volver nuestra mirada a Dios por ayuda. No existe pecado suficientemente grave que pueda condenar a aquellos cuyo arrepentimiento es verdadero. El arrepentimiento viene acompañado de una nueva vida.

Si no se ha arrepentido hágalo hoy mismo, no pierda de vista que para gozar de la vida eterna es indispensable el verdadero arrepentimiento.

Glosario de términos

Apoteosis: (Del griego deificación). Ensalzamiento de una persona con grandes honores o alabanzas. En el mundo clásico, concesión de la dignidad de dioses a los héroes.

Furor: Momento de mayor intensidad de una moda o costumbre.

Vehemente: (Del lat. vehĕmens, -entis). Que tiene una fuerza impetuosa. Ardiente y lleno de pasión.

Bibliografía

Biblia Reina Valera 1960

La Biblia de las Américas / Foundation Publications, Inc. / Anaheim,              California

Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, Vigésima segunda edición

Los énfasis son del autor del artículo.

¿Estamos predicando lo que deseamos oír, o lo que necesitamos escuchar?

Los pies que nunca llegan,pero que siempre están andando.

Los pies que nunca llegan,pero que siempre están andando.

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¿Estamos predicando lo que deseamos oír, o lo que necesitamos escuchar?

por el hermano Marcos García, enero de 2009

            A diferencia del Hijo del Hombre, quien nunca predicó lo que las personas deseaban oír, sino, aquello que necesitaban escuchar, el contenido de los sermones de hoy, es en gran parte, un concierto de elaborados mensajes vacíos de sustento bíblico, que llenan las iglesias, pero que dejan cada vez más vacío y con más sed el corazón del hombre y de la mujer.

       El mensaje de salvación se ha cambiado por el mensaje de prosperidad. El mensaje que le dio el Señor al apóstol Pablo cuando le dijo que le bastara su gracia[1], lo han mudado los predicadores (as) livianos(as) a “si no tienes bienes materiales o estás enfermo(a), quiere decir que algo malo está pasando con tu vida espiritual”.

            Tanto ha sido sonado este argumento que hoy día se mide el nivel de santidad de una iglesia (congregación) por su apariencia: estilo de vida, posesiones, estado físico, etc. A muchos líderes les parece que todo anda bien cuando en los días de servicio se llenan los estacionamientos del templo, dejando atrás la evaluación que hizo Jesús cuando le escribió a las siete iglesias, o aquella que hizo Pablo a la iglesia de Corinto (1 Cor. 3:18~21) Pablo advierte a los corintios que debían  escoger la sabiduría de lo alto que es de real valor, aunque esto sea considerado necio por el mundo (1 Cor.1:27). Los corintios estaban empleando la llamada sabiduría de este mundo para evaluar a sus líderes y maestros. Su orgullo hizo que dieran mayor valor a la presentación del mensaje que a su contenido.

            Ante lo expuesto surge una pregunta, una pregunta que se puede responder con otra pregunta:

¿Por qué se ha cambiado el mensaje de salvación por el mensaje de prosperidad?

¿Será que tememos que al predicar la Palabra tal cual nos fue ordenada, el aporte económico mengüe?

            Nos pasamos más tiempo buscando justificación en La Biblia para los mentirosos[2] mensajes que queremos esgrimir desde el púlpito, que orando para que sea el Espíritu Santo quien nos guíe a toda verdad.

            Son cada día más los predicadores(as) que han perdido el temor al Dios Vivo y sin escrúpulos están enviando a hombres y mujeres a Egipto por ayuda[3], es penoso porque conocen su fin, más las rutilantes luces de la prosperidad de este mundo los ha enceguecido, y así ciegos, están guiando a otros ciegos.

            Cierto es que la Iglesia está demandando un mensaje de prosperidad, un mensaje cuyo contenido sea concluyente en que el Señor va a abrir los cielos y va a derramar sobre cada uno de sus hijos e hijas tantos bienes y salud que podrán vivir en este mundo toda una vida sin ninguna necesidad material o física, mas no deben los obreros del púlpito aprovecharse de la falta de conocimiento[4] de la gente para espiritualizar cada palabra de Las Escrituras ofreciéndoles lo que piden y no lo que necesitan.

            Los predicadores y predicadoras que han cambiado el mensaje de salvación por el mensaje de prosperidad, están, con conocimiento de causa, preparando a hombres y mujeres para que vivan eternamente en este mundo y no para que opten por el paraíso que Jesús vino a ofrecernos y por el cual dio su vida, pagando nuestro pasaje al Cielo con precio de sangre.

            Es urgente que depongamos esta actitud y prediquemos el mensaje que el pueblo necesita escuchar, y que apartemos de nosotros aquel mensaje que sólo nos llena de fama y fortuna.

            Amado hombre o mujer de Dios que me lee, sus comentarios serán muy apreciados, recordemos que Jehová escribe recto sobre líneas torcidas[5].

Glosario de términos

Argumento: Razonamiento que se emplea para probar o demostrar una proposición, o bien para convencer a alguien de aquello que se afirma o se niega.

Liviano, na: De poco peso,  inconstante, que muda con facilidad de pensamientos.

Mudar: Dar o tomar otro ser o naturaleza, otro estado, forma, lugar, etc.  Dejar algo que antes se tenía, y tomar en su lugar otra cosa.

Bibliografía

Biblia Reina Valera 1960

La Biblia Nueva Versión Internacional (NVI) 1999 by International Bible Society

Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, Vigésima segunda edición

Los énfasis son del autor del artículo.


[1] 2 Corintios 12:9 Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. 

[2]Jeremía 8:8 ¿Cómo decís: Nosotros somos sabios, y la ley de Jehová está con nosotros? Ciertamente la ha cambiado en mentira la pluma mentirosa de los escribas. 

[3] Isaías31:1 1 ¡Ay de los que descienden a Egipto en busca de ayuda, de los que se apoyan en la caballería, de los que confían en la multitud de sus carros de guerra  y en la gran fuerza de sus jinetes, pero no toman en cuenta al *Santo de Israel, ni buscan al Señor!

[4] Isaías 5:13 Por tanto, mi pueblo fue llevado cautivo, porque no tuvo conocimiento; y su gloria pereció de hambre, y su multitud se secó de sed. Oseas  4:6 Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento.

[5]Los renglones torcidos de Dios – Torcuato Luca de Tena

¿Editando la Biblia?

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¿Editando la Biblia?

por el hermano Marcos García, Diciembre de 2008

                Una de las frases más escuchadas en los recintos donde nos reunimos los cristianos(as) es la mitad del versículo 9 del segundo capítulo de la Primera Carta del apóstol Pedro.

                La misma es esgrimida con orgullo cuando se sienten humillados(as), o cuando creen que no se les está dando el lugar apropiado. También se usa como herramienta de defensa cuando quieren evadir alguna tarea que se les haya asignado y que piensan les denigra. Algunos más audaces hacen derroche de la expresión “Dios me puso por cabeza y no por cola” citando a Deuteronomio 28:13, la cual es una promesa, pero una promesa condicionada.

                Cuando me ha tocado predicar al respecto (1 Pedro 2:9), tengo especial cuidado de hacer énfasis en el versículo completo, porque creo que la raíz de este error está precisamente en la predicación[1], que queriendo alagar al hombre y a la mujer subsaca textos que sin el apoyo de el contexto se convierten en meras trampas asesinas de almas, en peligrosos manuales de instrucción, en revitalizadores del mortal orgullo, y en refuerzo a aquellos y a aquellas que tienen más alto concepto de sí que el que deben tener.

                La Palabra de Dios es excelsa, está escrita con primorosa perfección, no hay desaciertos en ella. La inerrancia de la misma debe ser una de las razones que debemos tener para leerla con extraordinario cuidado, procurando no buscar lo que queremos, sino, encontrar lo que necesitamos.

                Cuando leemos el versículo 9 en su totalidad podemos ver la razón por la cual somos linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo escogido por Dios.

                La Palabra expresa claramente que es para que anunciemos la virtud de aquel que nos llamó de las tinieblas a la luz admirable, porque alcanzamos misericordia.

                No dice siquiera que parte de esos privilegios nos fueron concedidos, para usarlos como argumentos de superioridad, tampoco dice que es un rango al cual podemos recurrir como tarjeta de presentación. Si somos sacerdotes reales, nuestra tarea es servirle al Rey, y el Rey es Jesús el Señor. Somos una familia escogida la cual Dios escogió para que le sirvamos, Entonces, ¿Por qué inflar nuestro corazón creyendo que esto nos hace superiores o mejores, cuando sólo nos hace diferentes?

                No perdamos de vista que el orgullo es pecado en todas sus manifestaciones. Este se pone de manifiesto en nuestras actitudes, en nuestras expresiones físicas (gestos), pero es más escandaloso cuando lo dejamos que habite en nuestra boca, medrando en ella en forma de palabras desprovistas de amor, palabras que brotan del corazón con la actitud de un demonio dirigido por el mismo infierno.

                Hermano(a), a diferencia de como procede el poder político secular; para el cristiano o la cristiana, el reclamar las promesas que Jehová nos dejó escritas, el hacer uso de nuestros derechos de hijos(as), no nos faculta para herir, denigrar, maldecir o practicar injusticia. Es nuestra responsabilidad hacer las cosas dentro de la voluntad de Dios.           Recordemos lo puntual de las palabras del apóstol Pablo a su amado Timoteo esforzándole a que manejara con precisión la Palabra de Dios.

Con la misma fe con que tomamos a Deuteronomio 28:13 y nos aferrarnos a él, debiéramos asirnos a Mateo  20:16 …los primeros serán postreros, y los postreros, primeros; … ambas son palabra de Dios.

 

Glosario de términos

Derrochar: Malgastar. Emplear excesivamente.

Postrero, ra: Último en una lista o serie. Se dice de la parte más retirada o última en un lugar.

Secularidad: Independencia de los asuntos públicos en relación con los religiosos.

Bibliografía

Biblia Reina Valera 1960

La Biblia de las Américas – 1997

Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, Vigésima segunda edición

Los énfasis son del autor del artículo.


[1] Jeremías 23:14 Yo he visto a los profetas de Jerusalén hacer cosas horribles: cometen adulterios y fraudes, animan de tal modo a los malvados que nadie se aparta de su maldad. Ellos y los habitantes de la ciudad son para mí como Sodoma y Gomorra. DHH – 2002 – Sociedades Bíblicas Unidas.

¿Abuso u obediencia?

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¿Abuso u obediencia?

Por el hermano Marcos García, noviembre de 2008

Es casi imposible escuchar un sermón relacionado con ofensa/perdón en el que no se exprese que los ofendidos deben correr hacia el ofensor y pedirle perdón. El simple hecho de decirlo no tiene nada de malo, lo malo está en dejarlo hasta allí. Al hacer esto la expresión se convierte en una fórmula incompleta que al aplicarla el cristiano o la cristiana a su proceder, se constituye en una visa para llegar al infierno, ya que con esta predicación inconclusa se le da al cristiano(a) patente de corso para convertirse en un(a) profesional de la ofensa en sus diferentes manifestaciones; ejercer su especialidad y luego sentarse a esperar al ofendido o a la ofendida que llegue a sus pies a pedirle perdón. Tanto es así que con frecuencia se escucha en las conversaciones de ofensores la siguiente expresión “tiene que perdonarme”.

No es fácil enumerar a los hermanos y hermanas que predican esto sin siquiera citar la Biblia, dejando en el o la oyente la percepción de desconocimiento o despertando en ellos(as) suspicacia.

Esta es una mala práctica debido a que no hay cristianos especiales. Hay un principio bíblico (Romanos 12:5) que dice que al formar parte del cuerpo de Cristo, cuando uno de los miembros está ofendido, que es el caso que nos ocupa, todos los otros miembros deben sentirse igual, por lo tanto, así ofendido como ofensor deben buscar la reconciliación a través del perdón.

Visitemos por un momento las Escrituras en el evangelio de Cristo de acuerdo a Lucas, allí nos encontramos con una orden que nos da el Señor, una orden que con demasiada frecuencia es pasada por alto, alto que nos conduce a practicar injusticia. Lucas 17:4 Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día volviere a ti, diciendo: Me arrepiento; perdónale.

Si bien es cierto que el Padre con su proceder manda al ofendido a perdonar al ofensor, no es menos cierto que el Hijo ordena al ofensor acercarse arrepentido al ofendido a pedirle perdón.

El pedir perdón cuando somos ofendidos, el buscar la reconciliación con nuestro ofensor o con nuestra ofensora es una de las más grandes expresiones de amor que nos enseñó el Padre, es una lección divina. Recordemos que fue el hombre quien se enemistó con él, y aún siendo así es él quien propicia la reconciliación con la humanidad. Efesios 2:16

Es difícil pedir perdón, sin duda requiere de sacrificio, por lo general debemos humillarnos, bajarnos de la torre en la que creemos que estamos. No perdamos de vista el sacrificio que hizo el Padre al enviar a su hijo para tal efecto, como tampoco debemos mirar ligeramente el sacrificio del Hijo al humillarse tomando forma de siervo Filipenses  2: 7.

Cuando seguimos el proceso que la Biblia nos manda el resultado es un verdadero perdón, es un perdón que nos conduce a recordar los hechos sin dolor, sin remordimientos, sin amarguras. Un perdón que nos hace crecer, un perdón que nos edifica.

Apreciado(a) hermano(a), no condene al ofensor o al ofendido a permanecer en ese estado de pecado, recuerde que si no perdonamos, Dios no nos perdonará, que si no somos perdonados por Dios no podremos entrar al Cielo y habitar esas moradas que el Señor ha preparado para nosotros. Mateo 6:14 y 15   14 Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; 6:15 mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.

Empiece pidiendo el perdón más difícil, verá como este le facilita los demás. Deseo sugerirle que no disfrace la palabra perdón por el término disculpa, al hacerlo puede estar confundiendo remordimiento con arrepentimiento.

Gracias por leerme, hasta pronto.

Glosario de términos

Arrepentimiento: Cambio de actitud, cambio de modo de pensar. Un cambio de mente hacia Dios que conduce al juicio de uno mismo y de los propios actos.

Patente de corso: Autorización que se tiene o se supone para realizar actos prohibidos a los demás.

Reconciliar: Volver a las amistades, o atraer y acordar los ánimos desunidos.

Remordimiento: Inquietud, pesar interno que queda después de ejecutada una mala acción.

Bibliografía

Biblia Reina Valera 1960

Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, Vigésima segunda edición

Diccionario Manual de la Lengua Española Vox.© 2007 Larousse Editorial, S.L.

http://www.radiolaluz.com/diccionario_descripcion.php

Los énfasis son del autor del artículo.

Es Necesario Pasar Por Samaria

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Es necesario pasar por Samaria

por el hermano Marcos García, octubre de 2008

El hombre y la mujer cristianos viven inmersos(as) en un mundo de necesidades. Estas van tomando un lugar cada vez mayor en su corazón, tanto es así que basta con escuchar la oración de cualquiera de ellos(as) para darse cuenta que casi el 100% de su contenido es una egoísta y larga lista de, muchas veces, innecesarios pedidos.

Algunas veces se me dificulta orar en el altar de la Casa de Oración, debido al aluvión de extravagantes pedidos que desordenadamente y con evidente desesperación son emitidos, en ese lugar santo, al dueño de la plata y del oro.

Desprendida Del Acantilado

Bordeando la costa de Panamá me encontré con esta maravillosa escena,una roca posando sobre la arena y acariciada por las olas.

Bien dice Salomón en Proverbios 2:4 que el hombre y la mujer buscan con mucho empeño la plata y los tesoros. La sugerencia que encontramos en el versículo 4 parece mas bien un anticipado reproche a quienes van tras las añadiduras esperando que el reino de Dios y su justicia venga en el paquete.

Las necesidades del cristiano(a) deben ir más allá de rodearse de bienes materiales; Sin dejar de optar por vivir dignamente: es necesario pasar por Samaria.

La necesidad que tuvo Jesús de pasar por Samariaera tan grande como el deseo del Padre de reconciliar al hombre y a la mujer con él. El capítulo 4 de su evangelio, de acuerdo a Juan, nos lo explica de una forma exquisita.

Desafiante

Cuanto más lo golpean, es más bello...

En esta primorosa exposición su facilitador nos deja todas las cosas claras, entre ellas, que no era realmente la necesidad de Jesús, era la necesidad de una mujer sin esperanzas; la necesidad de un ser humano bajo la rigurosa opresión de la discriminación, la de una persona que parecía llevar escrito en la frente el estigma de pertenecer a un pueblo menospreciado; la mancha de ser samaritana.

Por la forma cómo Jesús enfoca sus enseñanzas vemos que su más grande necesidad es aquella que apunta hacia la salvación de los(as) perdidos(as). Él quiere pasar donde están los(as) necesitados(as) y de esta manera cumplir su misión. La voluntad del Padre es volver a los hombres hacia él, y Jesús vino para cumplir con esa voluntad. Esta también deber ser la necesidad de los pastores(as), evangelistas, líderes; de aquellos(as) que tienen un cargo mayor en la iglesia y que bajo excusas, y haciendo mal uso de su autoridad envían a otros a Samaria, cuando el ejemplo del Señor dice que ellos deben ir por delante, ellos deben tener la necesidad de pasar por Samaria.

Cuando la mujer samaritana le dijo a Jesús que, “judíos y samaritanos no se tratan entre sí”, estaba dibujando un cuadro lleno del más grande prejuicio y rencor racial. Jesús consciente de esta situación decidió ir a ese lugar sin importarle su propia condición judía. Samaria también significa “vivir con un cerco alrededor”. Esto nos hace pensar que era un sitio de difícil acceso para alguien que no viviera allí. La dama que nos ocupa representa muy bien el significado de este nombre. Ella también vivía con un cerco alrededor de su disipada vida. La soledad de su alma le hacía vivir en esa condición. Para ella, la ciudad de Samaria era como su propia cárcel. Vivía bajo el fantasma de sus recuerdos, de sus dudas, y por seguro bajo la mirada escrutadora y el dedo acusador de sus vecinos(as). Ella conocía su cerco, razón por la que no abrigaba esperanza. Este es el estilo de vida de mucha gente en la actualidad. Han construido una gran barrera alrededor de sus vidas. Mujeres y hombres encerrados en un mundo religioso, místico, filosófico; en un mundo lleno de vicios y todo tipo de sensualidad. A ellos Jesús quiere ir, a él le es necesario pasar por Samaria.

La mujer de esta historia nos describe la condición en la que vive la gente que no ha conocido al Salvador. Ella estaba presa de su propia vida. Vivía bajo una especie de somnolencia, dominada y controlada por su propio pecado. Ella vivía en un submundo donde su propio vicio se burlaba de ella. Con esta mujer Jesús intencionalmente tuvo un encuentro. Él pasó donde otros no pasaron. El vino a buscar lo que otros(as) no buscarían. Ese sigue siendo su mensaje.

Jesús se expone al escarnio rompiendo los esquemas establecidos. El versículo 27 de Juan nos dice que cuando los discípulos regresaron se asombraron que su Maestro estuviera sentado y hablando con una mujer. Las vallas eran evidentes, pero en esta historia Jesús rompió con las más comunes de su tiempo y que son las mismas que predominan hoy a la hora de llevar a otros el evangelio. Rompió la valla del sexo; no era normal que un hombre estuviera hablando a solas con una mujer, rompió la valla del prejuicio; aquella mujer era una samaritana, alguien que era menospreciado por los judíos. También rompió la valla religiosa, los judíos decían que era en Jerusalén donde se tenía que adorar, mientras que los samaritanos hablaban de su propio “monte de adoración”. Y allí estaba Jesús, enfrente de alguien con una gran carga, con una gran pena sobre sí. Una mujer que representa la soledad en su más cara expresión, acompañada de la tristeza y la frustración al ver que no había salida para su circunstancia.

Llama la atención que esta mujer iba a buscar agua en la hora donde se suponía que no había gente en el pozo, posiblemente para evitar la vergüenza de ser vista públicamente, pero a Jesús le era necesario pasar por Samaria. Hay un pozo del encuentro para todo(a) aquel o aquella que anda como escondiéndose de su miseria y de sus problemas. Jesús nunca rehusará sentarse al lado de alguien que le necesita. A él le es necesario venir, estar y oír a aquel o aquella que nadie quiere o al que piensa que no vale nada.

Cuántos hay en esta vida que viven bajo la sombra del menosprecio, viven en Samaria, mientras los pastores(as) están cómodamente sentados en Jerusalén predicando a los salvos, sanando a los que no están enfermos, aconsejando a los sabios, pero a Jesús le era necesario pasar por Samaria, porque él  vino a buscar y a salvar lo que se había perdido. Él descendió del cielo dejando su trono de gloria, la continua alabanza de los ángeles, la comodidad del paraíso eterno, para venir y sentarse con quienes otros(as) no se sentarían. Es aquí donde se cumple la palabra, cuando de él se dijo en Mateo 9: 36 Y viendo las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque estaban angustiadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor.

Si quiere merecer el título de pastor(a), salga de esa comodidad y vaya a Samaria, imite al Buen Pastor que va buscando a aquellas ovejas que salen furtivamente al pozo en busca de lo que calme su sed. No pierda de vista que el cansancio no fue una excusa para el Maestro. Asegúrese que nadie está fuera de su amor y perdón, aprenda a sentarse con todo el mundo, que nadie escape a su ternura y a su compasión.

Hoy, cuando no son pocos, los que al igual que los judíos han construido sus propios caminos para no pasar cerca, ni tener encuentros con el despreciado pueblo samaritano, so pretexto de “los pastores no paren, lo hacen las ovejas” es urgente recordar que a Jesús, al Pastor de pastores, le era necesario salvar lo que otros no salvarían, a él le era necesario pasar por Samaria.

 

Glosario de términos

Aluvión: Cantidad grande de personas o cosas, especialmente cuando aparece repentinamente y al mismo tiempo.

Furtivamente: Que se hace a escondidas o de manera disimulada.

Primoroso, sa: Excelente, delicado y perfecto. Diestro, experimentado y que hace o dice con perfección algo.

Bibliografía

Biblia Reina Valera 1960

Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, Vigésima segunda edición

Diccionario Manual de la Lengua Española Vox.© 2007 Larousse Editorial, S.L.

La Biblia Paralela en línea. Moderno Español. http://bibliaparalela.com/

Los énfasis son del autor del artículo.

Sol Rojo

SOL

ROJO

REGRESÓ AL MAR, COMO QUIEN COMPLACE UN ANTOJO,

SUS MANOS TRÉMULAS ACARICIABAN EL AIRE HUMEDECIDO

POR LAS HERIDAS OLAS QUE SE REFUGIABAN EN ÉL,

Y AHORA SI PUDO VER Y SENTIR EN TODO SU ESPLENDOR,

LA MAGIA Y EL EMBRUJO DEL SOL ROJO.

(En primera y segunda persona)

Su mirada parecía preguntar a aquellos añosos árboles que envolvían el entorno lúgubre del sendero, si eran los mismos que aquella tarde de invierno le observaban fijamente mientras el pequeño Marcos se despedía de los paisajes que habían sido testigos silentes del rigor con que la vida había tratado a ese hombre en miniatura que ahora parecía no caber en la vetusta mansión verde.

Sendas lágrimas escapaban del llanto hacinado en sus brillantes ojos, y en su recorrido parecía arrastrar parte del dolor alojado en su rostro. Sin darse cuenta se sentó sobre la alfombra de tímidas hojas maduras, cuyo efímero brillo agonizaba con la pronunciada lentitud del nacimiento, que habían bajado para no subir jamás.

Ahora en su mente luchaban sus pensamientos como dos gigantes opuestos entre sí, haciendo que a sus cortos años sus pasos fueran más serenos y su andar más firme.

La tarde, como un enorme paraguas, cubría el entorno de la colina cuajada de neblina que como un guardián cuidaba de todo lo que se posaba en sus faldas.

Recostado sobre un tronco cubierto de cicatrices, como él mismo, dejó que la oscuridad lo envolviera, parecía como si de pronto todas las soledades danzaran en su entorno haciendo su mundo tan pequeño como la felicidad a la que parecía no tener derecho.

“¿Quién sabe de mi llanto en la soledad, de mis momentos de insoportable angustia?, sino usted, usted Jehová, usted que estuvo a mi lado, ¿quién sabe cuántas veces pospuse la cura de mis heridas para sanar las ajenas, quién sabe de mi necesidad, de mi punzante dolor, de mi congoja, de mis tragedias, de mi impotencia ante la calumnia sin rostro, de mis despedidas, de mis caminos sin retorno, de mi dolor envuelto en azahares de atardecer?”.

En un instante evocó sus sueños de niño, y como un torrente de angustiosa tristeza, el llanto se asomó como prófugo dolor que se esconde de la sigilosa mirada del miedo, él estaba allí, parecía que sus pies se posaban en las huellas que habían bordado el camino aquella tarde incierta en que sería separado de todo lo que amaba, de todo lo que conocía.

Amaba con amor auténtico, sabía amar, lo hacía intensamente, sin reservas, las huellas del amor estaban esculpidas en su ser como el paso de los años en los barrancos que sirven de margen al río. Era buen amigo, entregaba una amistad sincera, confidente, y concebía así a sus amigos, mas la vida le había enseñado que la gente guarda las confidencias como cartas para ser utilizadas en juegos sucios, que la vida es una guerra en la que se puede usar cualquier arma.

En el bolsillo de su camisa, muy pegado al pecho, llevaba todos sus sueños envueltos en un inviolable secreto. Planes que por perfectos parecían imposibles. Poseía la facultad de mirar la enorme distancia al mismo tiempo que podía ver su entorno, también tenía el don de sentir el olor de una flor al recordar cuando la tubo cerca, o la frescura de un arroyo del que había bebido en esos inescrutables paseos solitarios por la indomable selva.

Acostumbraba darse cita a la hora sublime, esa, en que la luz le cede el paso a la oscuridad, ese tiempo en que la noche y el día se abrazan, permitiendo al hombre ver cuando casi es de noche y casi es de día. Con extraordinaria complacencia veía como en el cielo una mano misteriosa pasaba las páginas del libro de la imaginación dejando ver con exquisita claridad extraordinarios dibujos de países imposibles, de bestias cariñosas, de paisajes maravillosos y de partituras inconclusas en manos de músicos virtuosos que podían ejecutarlas con notas dirigidas por el corazón, de aquellos personajes con los que había tenido cortas conversaciones, y de silentes estanques azules donde flotaban perfectamente cisnes enamorados y la inocencia de infantes golpeaba el agua haciéndola formar diamantes de diferentes tamaños.

Las circunstancias lo habían forzado a abandonar el seno familiar varias veces, pero la sensatez de saber que era necesario para lograr asistir a la escuela no lo había hecho sentir la ausencia con tato rigor como esta vez.

El paisaje de su “pueblo” con tardes que se despedían casi al momento de regresar, con la sobrecogedora música de la selva que invadía cada metro mezclándose con el eterno concierto del ambicioso y cristalino arroyo que serpenteaba entre la majestuosa selva, las rocas que vestidas de musgo color oliva hacían guardia en lugares establecidos por la misma naturaleza cuidando así de la rebelde pradera, el éxodo de nubes gigantes que parecían querer aterrizar sobre el bohío (cuando para decir adiós para siempre sobrevolaban a la altura de los árboles), y la enemiga timidez que se le colocaba siempre en frente lo hacían avanzar por un camino cubierto de poesía, de sombras que le producían miedo, de arrogantes voces que hacían cada vez más corto cada paso, se señales inconclusas, de bifurcaciones que lo confundían, de nortes tan parecidos al sur, de crueles espacios entre una explicación y la otra.

Tenía el más puro concepto de la amistad, el mayor espacio de su corazón estaba ocupado con la franqueza y el agradecimiento, de la nobleza de su padre había aprendido que perdonar es recordar el vituperio sin deseos de venganza, sin resentimientos, que perdonar es estar dispuesto a hacerle el bien al ofensor tan solícitamente como la primera vez.

Cuando cantaba lo hacía desde lo más profundo de su corazón, se complacía en escuchar el eco que las colinas agradecidas le devolvían, lo hacía con frecuencia, provocando la burla de las personas que disfrutaban viéndolo sumiso, actitud que no era más que un mecanismo de defensa.

Soñé que transitaba por un camino largo, muy largo, un camino que no me permitía regresar, cuya vera era tan solitaria como las cimas de los montes, tan oscura como la sima del mar. Una mezcla de miedo, incertidumbre y decisión se había unido a mi intrépido espíritu creando el balance perfecto, seguiría adelante, iría tras el sueño que dormía en mi pecho desde la infancia.

Tenía que sobrevivir, debía sobrevivir, necesitaba sobrevivir, y para hacerlo había tomado la determinación de complacer a los que lo veían con desagrado, pensaba que al demostrarles su superación llegarían a estimarlo. Fue así que se matriculó en una academia nocturna, esta le permitiría estudiar y trabajar, tenía la seguridad que verían su esfuerzo, su superación, y cambiarían la manera hostil de tratarlo. Sin embargo, todos sus esfuerzos fueron en vano, es más, parecía que su situación empeoraba, los adjetivos despectivos para calificarlo habían aumentado, el desprecio y el rechazo en los grupos familiares era manifiesto. La soledad parecía un gigantesco brazo que amistosamente lo sacaba de cualquier reunión y lo aislaba en un oscuro rincón.

El camino de la vida transforma al hombre de distintas maneras, son pocos los que transitando por él conservan íntegramente su personalidad. A mis ocho años, caminando por el bosque con papá observé como una serpiente se deshacía de su piel. A mi corta edad hice varias conjeturas y algunas preguntas que a mi padre le parecieron necias, nunca imaginé que El Creador estaba distinguiéndome con una magistral enseñanza.

Abuela, ha pasado mucho tiempo desde que te fuiste, he vuelto a ver las blancas flores de los mirtos, a escuchar el melancólico trinar del ruiseñor. Sé que de allá no se vuelve, mas, tengo tantas preguntas que hacerte. Tu amor fue real, a tus manos recias nunca les faltó ternura. Esta canción me recuerda tu regazo, y esa mirada dulce con un silente: Te amo.

Siento muchos pensamientos envejecidos muy dentro de mí, en mi corazón, la nostalgia es una habitación muy grande donde no habita nadie, porque fue el palacio donde quise que estuvieran mis amigos, pero se fueron alejando uno tras otro hasta que no me quedó ninguno. Guardo lindos recuerdos de cada uno, son páginas escritas con sentimientos guiados por la inocencia de un corazón inmaculado, de un hombre en miniatura que no percibía la malicia en quienes amaba, de un niño al que no era necesario pedirle perdón, porque nunca guardaba rencor, porque veía a todos como superiores a él, dignos de respeto, y pensaba que no importaba la forma, que ellos siempre deseaban hacerle el bien.

La madurez le llegó prematuramente, como una tormenta que llega casi sin avisar e inundándolo todo, así, los lentes del amor le fueron  quitados repentinamente dándole la bienvenida al mundo real. La expresión de su rostro cambió, pero la de su corazón se hizo más sensible, pero menos evidente.

Como en un torbellino le llegaron las mágicas historias del primer libro que había leído completo. “Corazón” de Edmundo Amicis. En ese momento tuvo miedo de convertirse en uno de sus personajes, pero solo fue un instante, las rotas páginas del maltratado libro de tercera mano que le habían prestado, y que parecía haber recogido las lágrimas de varios corazones sorprendidos por los sentimentales relatos de los que se componía volaron como golondrinas es pos de una estación lejana.

“De Los Apeninos a Los Andes” fue la única pieza cuya lectura no pude concluir, ya que dos de las páginas con el contenido habían sido violentadas por algún inmisericorde. Fue hasta cuando trabajé en una librería cuando el destino puso el libro nuevamente en mis manos, antes de abrirlo lo saboreé con las manos, lo palpé con una ternura inusitada mientras miraba el universo entero por una ventana de cristal rota donde colgaban en una telaraña abandonada varias hojas que habían pertenecido a algún otoño y que ahora se desempeñaban como una lápida en cuya ilegible inscripción debía leerse “Luché Hasta El Final, Lo Hice Con Todas Mis Fuerzas”.

No terminaba de acostumbrarme a oír a la gente hablar de mí con tanto desamor, todos creían conocerme mejor que yo, sin embargo, cada uno agregaba cosas distintas al mismo relato y casi siempre contradiciéndose entre ellos. Entre las cosas que más me herían estaba la hipocresía con la que me hablaban minutos más tarde, por lo general agregaban palabras de halago, como inteligente, obediente, trabajador. Hacía lo posible para evitar encontrarme con familiares o con sus amistades, eso me obligó a buscar lugares que ellos no frecuentaran, fue exitoso, y es que a la gente perversa no le agradan los lugares sanos, despejados, tranquilos, silenciosos. Debo agradecerles, pues motivado por la incomodidad que representaba compartir con ellos descubrí sitios taumatúrgicos donde seguí teniendo citas continuas con nadie.

En las tarde me sentaba sobre la hierba a la orilla de un muelle abandonado y dedicaba horas enteras a observar el cielo y el mar. Creaba un mundo único en el que podía vivir plenamente si ser interrumpido, me resistía a parpadear, pues no quería perderme ni una de las pinceladas con las que virtuosos artistas invisibles pintaban efímeras y maravillosas obras en el gigante lienzo del cielo.

En ciertas ocasiones dibujaba sobre el mar mansiones perfectas que luego se desmayaban y quedaban sepultadas en la sima del océano. Era, casi siempre, un pájaro de mil colores el que me indicaba con su melodiosa sinfonía que el tiempo de éxtasis había terminado. Doblaba las páginas de mi invisible cuaderno de pinturas y cerraba el telón dejando a los artistas del otro lado.

El reloj de madera que desde hace varios años se estacionó en la pared del vestíbulo de la biblioteca se ha apresurado a abreviar el tiempo, la bibliotecaria me sonríe con hipocresía y apaga una de las dos lámparas que alimentan el salón, finge hablar con alguien por teléfono y se despide levantando un poco su apagada voz, cambia sus chancletas por unos zapatos de auténtico cuero descoloridos por la vejez y deformados por el peso que que los han condenado a llevar por varios lustros.

Tengo conmigo desde hace varios días la receta de un hombre al que conocí en un parque tocando un violín desafinado, creo que nunca debí recibirla, mas la música de su corazón y las caricias de sus ojos cansados me sensibilizaron. Hay algo que debo perdonarme, fui negligente al no leerla, me acabo de dar cuenta que es para el dolor, pasaré por alguna farmacia a preguntar por el costo, compraré así sea una menor cantidad.

Es tiempo de contemplación, de ver el horizonte apresurado a cambiar sus colores, de escuchar las enormes manos del mar golpear las rocas que resignadas permanecen en el mismo lugar, es tiempo de sentir el aroma que despide la tierra después que el incandescente astro la ha poseído frenéticamente. En la perpetua distancia una nave parece danzar sobre el oleaje que arrítmicamente se agita con la rebeldía de un adolescente desorientado, los colores de la despedida del sol pintan deliciosamente la sabana de plata que la luna ha tendido sobre el agua , y la oscuridad empieza a esconder las huellas del día que están justamente en una línea irreal, pero tan cierta como mi mundo.

El regreso a casa siempre estaba dirigido por pensamientos que acortaban la distancia de los tiempos pasados convirtiendo los recuerdos en extraños conocidos estratégicamente ubicados en equidistantes lugares retrayendo cada detalle de mi existencia con elaborados gestos y sonidos de la música de los senderos solemnes donde a cada paso dejé parte de mi vida.

El año había avanzado entre torrenciales aguaceros, disturbios sociales, tiendas con gente adiestrada para obligarte a comprar y hermosos atardeceres cuyas páginas de colores irrepetibles y de espectaculares retratos que cobraban vida propia cuando como vírgenes avergonzadas parecían cubrirse con los interminables lienzos de nívea seda que formaban las nubes que vigilaban el universo.

Debía revisar la agenda para ver las obligaciones sociales que aunque me parecían muy tontas podrían crearme situaciones incómodas. Aniversarios, cumpleaños, graduaciones, y todas esas cosas que forman parte de la gente cuando necesita llenar el vacío que tienen allí donde debiera estar Dios. Y ahí estaba una esperando para ser ejecutada. Pensé en una rosa, pero con seguridad me llamaría tacaño, o por lo menos lo pensaría, ya que la cantidad dice mucho para la gente que se ha ubicado en un lugar  preferencial y quiere que los demás lo entiendan así.

Mantenía la mirada fija en mí, y aunque parpadeaba asimétricamente, sus ojos empezaron un soliloquio, o mas bien, una mística conversación entre él y otros ángeles. Su figura redondeada contrastaba con su ropa a la moda haciéndolo lucir diferente al resto de los muchachos que compartían en el espacio del centro comercial.

Casi corriendo se me acercó con los brazos abiertos y los labios apretados y me abrazó simultáneamente con sus cuerpo y su corazón, con su cabeza desplomada sobre mi hombro me dijo, gracias. Todo eso ocurrió antes de que su madre reaccionara y le llamara la atención, al mismo tiempo que lo tomaba de la mano y lo separaba de mí con rudeza y aparente enojo. Mientras lo alejaban de mí me miró varias veces con una mirada inefable, sus ojos seguían parpadeando desuniformemente, y todos lo que vieron la efímera escena murmuraban creyendo saber lo que había pasado.

No estaba enfermo, tenía el síndrome de Down, pertenecía a ese pequeño universo que ha sido privilegiado con el don de amar y con la facultad de percibir entre el resto de la humanidad a los que tienen necesidad de ser amados y de amar. Personas que llevan la sencillez y la nobleza como una bandera que enarbolan sin permiso alguno dándole al mundo una razón para desear la paz.

Un abrazo que penetró todo mi ser haciendo cambios que habían sido postergados por orgullo, pero que eran realmente necesarios. A partir de ese día nada volvió a ser igual, nunca me hubiera imaginado que una lección tan buena vendría de un ser tan sencillo. Todavía hoy, cuando la adversidad me visita, cuando el dolor me obliga a menguar, en esos momentos en que la vida nos juega esas cartas que nos obligan a perder la esperanza, mis sentidos se toman de las manos y se concentran en quien dio todo lo que tenía.

El almendro está totalmente desvestido, sus hojas yacen sobre la arena sin ninguna esperanza de volver a la rama. Un pájaro amarillo las voltea en busca de insectos.

Camino hacia la orilla, tengo deseos de sumergirme en las cálidas aguas del mar. La luna está retrasada, todavía se le puede ver parada sobre la inmensa mesa de cristal. El reloj de las olas parece que se ha atrasado, pues ni una sola ha llegado al festival de danza que desfigura las imágenes de los cuerpos celestes reflejadas sobre el agua.

La soledad y el silencio son inspiradores, me seco las manos y me siento sobre el tronco de un árbol que murió a varios kilómetros y que las corrientes han arrastrado hasta este lugar. Una lágrima que lleva mucho tiempo tratando de salir se rebela nublando el paisaje que está enfrente de mí. No llega a rodar, porque la brisa la arrebata y la hace volar a varios metros lanzándola al suelo donde pierde toda su identidad.

Ahora son los los inagotables versos los que salen por decenas y se colocan justo en la punta del bolígrafo seduciéndome a plasmarlos sobre el papel. Dejo que mi corazón seleccione los que creo que pueden suavizar las penas del hombre y los dibujo en páginas dirigidas a la estación del corazón.

Se acerca la vida, nos extiende la mano, y nos invita a pasear con ella, nos enseña el manual que nadie se ha aprendido, y cuyo contenido nos ilustra para evitar las condenas, para ser feliz y para olvidar las penas. Son lecciones que ni el más sensato aprueba: veredas muy anchas que conducen a estrechas carreteras, veranos llenos de flores y marchitas primaveras, luces que están allí, pero que no alumbran a cualquiera, brillantes lunas azules sumergidas en calcinantes hogueras, hermosas puertas decoradas por ingeniosos artistas que le obstaculizan la entrada al que no sepa tocar con la exactitud que dicta la guía. De repente te suelta la mano y con una disimulada burla te dice que se marcha y que la vida no regresa.

Frente a mí pasa un cortejo compuesto por muy pocas personas. Acompañan a uno de esos hombres buenos, pero no populares, entre los que desfilan muy cerca del ataúd está aquel hombre, el de la receta. Bajo la cabeza para evitar que me reconozca, esfuerzo que no obtuvo resultado, pues él hizo un paréntesis en su caminata para saludarme con cordialidad. Con movimientos asimétricos me decía con las manos lo que se le dificultaba con la boca, “fue un hombre decente, es una pena que esa cualidad ya no se tome en cuenta”.

Ha crecido en todas las formas, inclusive en tamaño, y sus cicatrices han crecido con él, también tiene dudas sobre ese dios al que muchos llaman felicidad. Sus sueños de ser un gran hombre se mantienen ilesos a pesar de la adversidad, su corazón ha doblado su sensibilidad ante el dolor ajeno, ante la pobreza y ante la injusticia. Eso tiene mucho que ver con el encuentro con aquel muchacho, el del centro comercial.

Sintió la necesidad de volver a su tierra, con su gente, de ver aquellos lugares donde había dejado un recuerdo debajo de cada piedra, una lágrima sobre cada arroyo, y donde desde cada monte había tendido la mirada como un hilo invisible por donde cruzaban hasta el infinito sus pensamientos. Pero no debía hacerlo, era prudente que tuviera presente todo el desprecio y los malos deseos que allá le habían demostrado desde el tiempo que tiene memoria. Tenía una marca de desprecio en cada poro, llevaba las huellas del maltrato en todo su ser, y muy cerca de él caminaba, al mismo ritmo de sus pasos, el osado poder de la rebeldía.

Hora oscura que miente a mis ojos, voces del ayer cargadas de nostalgia, pétalos marrones que un día fueron rojos, amores que al pasar los años han perdido su magia.

Rutina no es eso que se hace de la misma manera todos los días, sino, esas cosas distintas que se hacen mientras nuestra mente está pensando lo mismo. Mientras todos piensan en la colección de fiestas que se celebran durante el año mi pensamiento se detiene en cada error y en cada éxito y los parea para tratar de mejorarlos. Es una tarea en la que se ocupa gran parte del día, pero que pasa inadvertida para todos. Ama la franqueza, pero sabe que causa dolor y enojo, aún así no está entre sus planes cambiarla o disfrazarla, está determinado a pagar el precio por practicarla.

Es tiempo de inducir al coma algunos de sus planes, el tiempo ha pasado y su cronograma debe que ser replanteado. Ha comprendido que hay sueños de los que es necesario despertar con el suficiente tiempo para poder volver a soñar.

Hoy me abraza la mayor de las tristezas que he experimentado hasta ahora, es el día de mi graduación, en el colegio me dieron dos invitaciones, pero no tuve a quien invitar. Falta poco para que empiece la ceremonia, el salón está lleno de padres y madres que han llegado a acompañar a sus hijos en ese gran día, los graduandos nos encontramos en un lugar especial donde se nos llamará en orden alfabético para que recibamos nuestros diplomas. Constantemente miro a los que llegan, pero sé que no llegará nadie a festejar conmigo. Ya es casi la hora de empezar, mis ojos distinguen a la dueña de la librería donde trabajé por algún tiempo, es una fina y erguida anciana delgada que está sentada entre los padres y madres.

Me pregunto a quién ira a acompañar, pues solo tiene una hija, la cual es adulta y vive en el exterior. No tuve para pagar la foto que tradicionalmente se llevan los graduados como recuerdo de la culminación de una etapa que debiera ser muy bella para todos. Obedeciendo al llamado los estudiantes van desfilando disciplinadamente, hacen una corta escala frente a las autoridades escolares mientras esperan su turno para recibir el diploma que acredita su independencia de la ignorancia.

Ha llegado mi turno, me seco el sudor de las manos con los bolsillos del pantalón y emulo a los anteriores, aunque no tenga comprada la foto debo hacer la pose para ella. Recibo el diploma y al dejar el estrado, con modales exquisitos la dama me abraza sonriendo y coloca en mi mano un obsequio tan fino como ella misma. Esa fue la última lección en mis seis años de estudio de secundaria.

Es no fingir cuando nos vean llorando,cerrar la puerta y seguir esperando, es esconder la luna en las mañanas, porque todavía el sol está alumbrando.

Oscura luz de los amores que se fueron, Profundo sueño de la noche sobre la sábana, Viejas cartas de amor de almas que se quisieron, Aroma de tardes de colegio, De capítulos inolvidables, De ese ayer que parece el mañana.

Se apaga lentamente la estrella de mi vida, Y entre la bermeja huella de mi jardín ya seco, Ella busca el pétalo de la rosa escondida, En los altares de un amor ya muerto.

En esas calles tumultuosas camina mucha gente en la más solemne soledad, corazones inspirados por escenas de un mundo que jamás existirá. Miradas que no reparan a nadie, brazos que abrazan sin abrazar y pasos dirigidos hacia ningún lugar.

Las calles son estrechos caminos modernos para que quepa más gente a la vez, son enormes serpientes sinuosas quebradas en ángulos de 90 grados cercadas por enormes paredes donde la gente se dedica a asesinar el tiempo y a convertir la vida en existencia. Un hermoso árbol de roble parece muerto después de haber regalado flores a toda la ciudad, en su frenético vuelo el viento silba al filtrarse entre sus ramas desnudas mientras corre a formar parte de una corta tempestad. Hay personas en el desteñido parque que buscan con la mirada a quienes los citaron y que posiblemente no llegarán, son esa gente que sin querer escucha la poesía del ocaso y muchos secretos que nunca entenderán, porque en ellos se han omitido las palabras que, por no ser necesarias, no se dicen, pero que un corazón enamorado o la tristeza profunda recoge en el ayer insondable y las ubica justamente en el espacio donde deben encajar.

Obedeciendo el sentido de la curiosidad caminé disimuladamente entre las sillas ocupadas por una persona y varias bolsas hasta llegar al abandonado puesto de venta de refrescos, colocado con primor sobre el mostrador yacía un ramo de rosas cuyo color era imposible identificar. Podía imaginar que llevaba varias semanas allí, al mirarlo detenidamente observé que durmiendo debajo del los tallos una página cuidadosamente doblada daba la impresión de sostener una conversación con alguien ausente.

Me pregunté si al leerla estaría profanando la pureza del misterio con que seguramente se había escrito y si al conocer su contenido estaría divulgando un trágico secreto. 

“…esta es la última vez que vengo a verte, el tiempo ha marcado el final del camino, no sé si puedas entenderme, si al escuchar hablar a mi corazón, el tuyo será capaz de regresar posándose en las huellas que dejaron nuestras vidas impresas en cada orilla, en cada grada. Sembramos rosas de distintos colores, crecieron robustos los rosales, hay nidos en sus ramas y sus hojas recogen cada noche el rocío que baja de las nubes como un mensaje de amor, las mariposas nunca se ido, las luciérnagas siguen brillando al ocultarse el sol, pero nuestro jardín nunca ha florecido”.

Tras un cristal sucio una lámpara parpadea permitiendo ver con dificultad un anuncio lastimado sobre una vitrina rota en una tienda de recuerdos. “NOS MUDAREMOS AL CENTRO, COMPRE LO QUE QUIERA A UN TERCIO DE SU PRECIO”. Hay ahí tantas cosas que en el próximo pasado quise tener: una cajita de música, una pequeña réplica de El Pensador, una bola de mármol durmiendo delicadamente sobre un rectángulo de cristal, y un abrecartas dorado con su vaina de piel…

Muchos de sus sueños se habían quedado dormidos para siempre, otros estaban demasiado desactualizados como para emprenderlos, pero los pocos que aún le quedaban podrían llenar el mundo.

La gente pasaba a su alrededor como hormigas programadas para trabajar, le gustaba mirar los rostros y examinar con sutileza la manera de desplazarse de las personas. Había llegado a la conclusión que las diferencias de actitud entre las persona son aprendidas, y que son parte del peso que llevamos toda la vida, y que muchas veces ni siquiera lo advertimos. sonrisas fingidas, gestos emulados de gente a la que admiramos, palabras de halago repetidas, y esa enorme cruz a la que llamamos moda.

La luz le había cedido cortesmente su lugar a la oscuridad, el día se había despedido pasando la mano de la brisa por el rostro de los que abandonaban la calle para volver a sus  hogares donde pretendían descansar. La noche empezaba a cubrirlo todo con su lujoso vestido azabache, y todos los huéspedes de la oscuridad tomaban sus respectivos puestos en el mundo nocturno. De pronto apareció la luna y marcó como con un resaltador plateado la superficie del río. Una orquesta de ranas acompañaba los lirios del valle que decoraban con un detalle de aroma y color el entorno.

Es común que el hombre desee regresar a lugares donde nunca estuvo, sitios donde su imaginación lo llevó tantas veces con propósitos distintos, pero de los cuales no existe ninguna dirección. Allí tiene cofres secretos donde guarda con celo joyas exquisitas a las que nadie más le daría algún valor. También palabras muy hirientes que le salieron de lo profundo del corazón a las personas que más ama. Ilusiones eternas que, enmarcadas con las estaciones del amor, nunca dejarán de formar parte de su vida.

Y es precisamente en uno de esos lugares donde me encuentro ahora, la música inédita brota como fuentes de un inmenso páramo que parece escapado de un paraíso deshabitado, la simetría de cada detalle embelesa indistintamente cada uno de mis sentidos. Nada obstaculiza la enorme pantalla donde manos invisibles proyectan los más bellos paisajes, y logro ver todo a la vez, no son escenas tras escenas, sino, un universo de ellas al mismo tiempo. Puedo escuchar al mismo tiempo y con claridad diáfana cientos de agradables sonidos y distinguir la belleza de cada uno por separado. Conceptos como ternura, agradecimiento, paz, descanso, encanto son concretamente presenciales en forma y tamaño.

Cuanto tiempo estaré aquí, no lo sé, siento el deseo de guardar íntegramente en mi memoria todo el episodio para poder contarlo, sin embargo, a cada instante de mi recuerdo se me pierden eslabones que me imposibilitan trasferir lo vivido con fidelidad.

Las letras me transportan a ciudades y montañas que el escritor nunca imaginó, es un libro que me encontré en el andén durante uno de mis regresos a la universidad. No he podido conocer su autor debido a que le faltan varias páginas al principio y al final. Después de leer dos tercios he encontrado un nombre sin vocales, deduje que es un nombre, porque le antecede la abreviatura de señora.

Es tan elocuente la manera como el escritor describe la soledad que premia mi intelecto al regalarme el conocimiento básico para ilustrar también los más minúsculos detalles de la tristeza, y de algo muy parecido, la ausencia. Coloco el volumen sobre las hojas secas que yacen sobre la arena y me incorporo para extasiarme mirando las primeras pinceladas que sobre ese inmenso lienzo llamado horizonte empiezan a plasmar esas invisibles y prodigiosas manos que parecen habitar entre las nubes, y que oportunamente, con la puntualidad de un reloj aparecen a distinguir La Creación con su arte.

Mi mirada trota sobre el enorme cristal tendido sobre el mar, que, por su serenidad, parece que me hace compañía observando la pasarela de nubes que llegan a esa línea imaginaria para cubrir su desnudez con inimaginables colores. También la sombras de la noche empiezan a aparecer dándole un profundo toque de misterio a ese maravilloso paisaje. Una suave brisa pasea entre los moribundos rayos de luz que forcejean con las melancólicas brumas que se adueñan del espacio entre el mar y el cielo. El espectáculo es indescriptible, se puede fotografiar la perfección, son muchas bellezas en un desfile de lujo donde la imaginación es estimulada a percibir lo extraordinario con cada uno de sus detalles para saciar hasta el más exigente de los espíritus.

Ato mis zapatillas y me las cuelgo al hombro para caminar descalzo sobre la tibia alfombra de arena, saco el pañuelo de mi bolsillo y seco las rebeldes lágrimas que me impiden mirar la desnuda noche. En esa oscuridad apacible mi subconsciente empieza a leer los libros de recuerdos que duermen durante el día y que se despiertan para obligar a mi corazón a regresar a esos lugares donde cada paso tiene un significado mixto, donde el canto de las aves y el rumor de los arroyos componen cada día una sinfonía adecuada para el ambiente. Allí, donde nadie puede verme me uno a las voces de las hojas que descienden después de haberse despedido de la rama para colocarse sobre la nave de cristal que las llevará a un lugar completamente desconocido.

El caballo se ha detenido, el hombre mira con incertidumbre la bifurcación del camino y conversa con nadie mientras lee datos escritos con mala letra en un fragmento de envoltura de cigarrillos. Se apea y asegura la bestia en el tronco de un árbol moribundo, coloca las manos en sendos bolsillos y apretando los labios mira al cielo.

Entro al restaurante y pido un vaso de leche y un pan, luego me siento en una mesa cerca de una ventana que da a la calle principal del pueblo. Empiezo a leer por cuarta vez la página 189, estoy pensando que el escritor dejó, adrede, por fuera palabras claves para la comprensión de la lectura, aunque quizás sea solo una frase lo que permita descubrir la inmensidad del relato. Advierto que el restaurante se ha llenado cuando un joven se para junto a la mesa y mientras se sienta me pide permiso para hacerlo. Viste un saco marrón adornado con una fina corbata azul mate, coloca una delgada valija de cuero identificada con el cocodrilo de Lacoste. Al ver lo que me sirven sonríe con familiaridad como para darme confianza y seguido me dice que si deseo algo más, que el cubre la cuenta. Instantáneamente llega a mí una de las enseñanzas de papá, “despreciar un sano ofrecimiento es una grosería, un hombre correcto nunca lo haría”. Mientras comemos rompe el silencio con el tema de la política de actualidad, con la confianza que siento que me ha dado le expreso lo que pienso de los políticos, incluyendo términos como demagogia, cinismo, mentira. Por su parte se muestra interesado en lo que le digo, pero consulta el reloj, recoge su valija, me ofrece su tarjeta y se despide.

No tengo espejo en frente, pero creo que mi rostro ha cambiado de color, en su tarjeta leo “Candidato por el partido CCL”.

Confieso que no salí a aprender lecciones de prudencia , pero la que acabo de recibir en muy valiosa. La vida coloca lecciones magistrales en cada esquina, en cada parada, por todas partes. Algunas requieren que el aprendiz se matricule, para ver otras se necesita ser un buen observador, pero hay las que casi te obligan a aprenderlas.

Hoy tiene cita con ese espacio de tiempo en que es muy difícil distinguir entre el día y la noche, la mágica hora cuando la luz y las sombras se acercan tanto la una a la otra dando la impresión que son enamorados secretos cuyo tiempo de amarse es tan corto que coordinan cada paso para no malgastar ni un ápice del sublime instante.

Aunque sabe que el río es hijo del arroyo siempre lo ve como si fuera el padre, también tiene claro que el río es siempre diferente aun cuando siempre parece el mismo. Puede distinguir el clamor del arroyo y la serenidad del río a decenas de metros, las bandadas surcan el cielo pintado de melancólicos grises, románticos rosa y asimétricos rayados de azul distancia, blanco ausencia y violento rojo.

Quiero que aprendas a vivir sin mí
A mirar la luna aunque yo no esté
A aceptar que para siempre me fui
A leer la tarde como te enseñé.
 
Quiero que aprendas a vivir sin mí
Que escuches la lluvia del atardecer
Y que al revisar las cosa que te di
No sueñes con que algún día he de volver.
 
Quiero que aprendas a vivir sin mí
A marcar tú sola las hojas del calendario
Y que al darte cuenta que ya no estoy aquí
Aprietes en tu pecho mi nuestro íntimo diario.
 
Quiero que aprendas a vivir sin mí
Que escribas nuestra historia de amor
Y que aunque ya no estoy aquí
Compartas conmigo tu dolor.
 
Quiero que aprendas a vivir sin mí
Que no sirvas dos tazas de café
Que le pidas a la vida lo que no de di
Que fue mi vida la que se fue.
 

Atrapado por la noche el lago se ve más inmenso, hay tanta vida en sus entrañas oscuras y tanta paz en sus orillas, aprovecho la quietud de ese mundo tan complejo para leer la biografía no escrita de esa masa de agua abrazada por fuertes muros de tierra y rocas que sin sentirse presa lo está. Trato de ignorar el canto de las aves nocturnas que interrumpen de vez en cuando el límpido silencio de las voces de la profundidad, fijo la mirada en la luz de oro de una luciérnaga que expone su vida volando, a escasos centímetros, sobre el techo de los habitantes del imponente estanque.

Mis pasos son lentos y suaves, intento no alterar la naturaleza, pues considero que así se puede disfrutar la majestad de su esplendor sin sacrificar ni uno solo de sus encantos.

El sendero está completamente solo, por lo menos eso creo, empiezo a ver entre los árboles las luces de la bulliciosa ciudad, es otra realidad, una donde el concepto de libertad está invertido, puertas herméticamente cerradas y una llave que nos franquea la visa para entrar a una celda profanada. El hombre tiene la facultad de aceptar cambios repentinos y de clasificar las verdades en pequeñas, medianas y grandes, es casi imposible encontrar una verdad que no esté contaminada, y las que hay, están presas por prejuicios, envidias, rencores y resentimientos.

La luz artificial que me provee la lámpara de aceite es casi tan lóbrega como la misma oscuridad, la brisa que como niño travieso entra por la ventana mueve la mecha causando una bandada de sombras imperfectas que corren sobre la pequeña mesa haciéndome perder el hilo de la lectura. 

Hoy miré tu retrato, vi en tus ojos la biografía del cielo, tienes una mirada antigua, como si estuvieras viendo estrellas en el suelo. Llevas marcada en tu rostro la felicidad, nuestra gran felicidad. Sin dejar de mirarte cierro los ojos, separando con los dedos las páginas leídas, de las que no sé si leeré, la magia de la soledad me permite, por un instante, sentir tus labios tibios sobre los míos, pero es solo un instante de fantasía, la realidad toma su lugar y todo vuelve a vestirse de sensatez, me acerco a la ventana para ver si la luna ha salido a pasear y observo que en su camino hay miles de luces, algunas centellean, otras tiemblan, pero todas parecen saludarme como a un extraño conocido.

Le era necesaria la inocencia de la niñez que había dejado en algún desconocido lugar cuando las circunstancias lo obligaron prematuramente a convertirse en un hombre, debía encontrarla, pero el camino había sido borrado por las huellas gigantes de ese monstruo cariñoso que algunos conocen como amor y que destruye la candidez.

Tenía razones para seguir buscándola aun cuando a veces la sentía muy dentro de él, tanto que llegó a creer que existían dos clases de inocencia, la que se separa del niño cuando el hombre crece y la que es inherente a cualquier corazón noble. La inocencia es una de las virtudes que más maltratos recibe, la dureza de la vida recrudece sus golpes cada vez que ella se resiste a ser violentada, en cada año de vida del hombre ella tiene que debilitarse, el objetivo es convertirlo en un ser insensible, en eso que nunca hubiera querido ser.

Tenía una lista de las personas a las que les ofreció su amistad, pero no le correspondieron. Poco a poco se fue alejando de esa gente que no concibe que haya amistades desinteresadas, que le pone precio a todo y que piensa que los favores hay que pagarlos en vez de agradecerlos.

Algunos se le acercaban de vez en cuando motivados por el interés de conocer sus problemas para convertirlos en parte de sus conversaciones, en las que la burla y el chisme eran el punto principal. No se había adaptado a la filosofía de vida hipócrita, sin embargo sabía disimular muy bien el dolor que le causaba el trato que recibía de los demás, más aún cuando siempre les había demostrado respeto, y hasta admiración. Cuando la soledad lo acosaba buscaba su lugar secreto y le permitía que removiera sus íntimas angustias hasta que el llanto corriera por su rostro, como un arroyo lo hace por la pradera, hasta llegar a su pecho donde lo esperaban varios suspiros provocados por el severo dolor que producía la humillación continua de la que era objeto.

Es fin de semana, tiempo en el que la gente compra felicidad a cualquier precio, incluyendo la infelicidad. También, en el que la gente vende la infelicidad en atractivos estuches y a precios competitivos en el mercado de la desgracia. Ver tanto a los vendedores como a los compradores me deprime.

Estacioné el automóvil a la orilla de una sinuosa carretera y me dispuse a fotografiar el espectáculo que me ofrecen el cielo y las montañas, en el espacio entre estos dos amigables gigantes la libertad se manifiesta en las alas de aves que sin ninguna prisa dibujan la paz con todo su esplendor. Lleno conscientemente mis pulmones de aire y hablo conmigo sobre la extraordinaria belleza que me saluda con notas musicales que acompañan las voces del viento y de los pájaros en una singular armonía. Después de varias horas de contemplación busco aquel libro, y en una de sus páginas marcadas con un doblez una frase en la que su autor parece invitar a la vida a abandonar la celda donde la libertad de la civilización la ha confinado.

Las sombras empiezan a caer sobre el paisaje hermoseándolo, esta vez de una forma diferente. Las nubes han bajado al nivel del dosel y las ramas que sirven de dormitorio a bandadas migratorias descienden hasta quedar simétricas al horizonte. La temperatura también ha descendido, algunas aves nocturnas empiezan a formar parte del espectáculo. Ahora se puede recoger poesía en cada centímetro, desde el piso, hasta el ahora, más cercano cielo. La belleza se ha transformado en otra belleza, el aroma de plantas en floración llega hasta mí y exhorta mi pensamiento a viajar ilimitadamente por lugares jamás imaginados, pero tan concretos como el suave golpe de la brisa en mi rostro.

Mientras todo mi ser se deleita saboreando cada detalle de los  innumerables y místicos elementos que se dan cita frente a mí, empieza a aparecer un hermoso disco de plata contrastando con la enigmática oscuridad dándole un singular aspecto de paraíso inmaculado al primoroso paraje.

La luna hace una escala en el centro del cielo para extasiarse con la plenitud y el encanto que tiene a sus pies, la hojas grandes que han atrapado el primer rocío de la noche se visten de plata fina adornando el paisaje nocturno con una belleza indescriptible. La brisa, que por un momento parecía haberse detenido retoma su tarea de hacer danzar las ramas, las que a su vez producen gemidos de placer convirtiendo el bosque en un edén.

Los días han sido largos, he pasado la mayor parte del tiempo despierto, una pareja de alegres ruiseñores han iniciado su nido justo en la ventana que da al enmohecido pueblo, donde a veces miro con detenimiento la postal oxidada compuesta por techos tan vencidos como el ánimo de los que habitan debajo de ellos. Siento el compromiso de mantenerla abierta hasta que los pichones abandones el nido, después de todo, será un tiempo corto.

Ahora que todo es mentira
Que vuelan los pájaros sin alas
Que a mi poesía nadie la inspira
Que matan las palabras, lo que no matan las balas.
Ahora que todo es mentira
Que a la brisa se la lleva el viento
Que mi corazón angustiado suspira
Que parezco feliz aunque no esté contento.
 

No puedo precisar que edad tenía cuando oculté en la grieta de una roca, que le servía de residencia a exóticas orquídeas, una canica de cristal transparente que guarda en su corazón una flor imaginaria color de arco iris. La había hurtado del pantalón de uno de mis primos mientras se bañaba en el río.

Hoy, después de muchos años he sentido el deseo de regresar a ese lugar para ver si todavía mi tesoro permanece escondido. Cierro los ojos, me llevo las manos al pecho, y recorro minuciosamente el lugar donde, entre otras cosas de mucho valor, dejé aquella esfera tan brillante y perfecta como el cielo en una noche de luna llena.

Dos pequeños arroyos fluyen por mi rostro dejando el dulce sabor de la sal en mi boca, preparo una taza de café y me siento a la mesa con un deseo inmenso de llorar, pero empiezo a cantar una de las piezas que cantaba mamá cada vez que nos despedíamos, porque me mudaba a casa de Mamavieja para asistir a la escuela. La he cantado muchas veces sin embargo parece que hasta hoy entiendo lo que dice, a través del llanto miro su retrato que duerme con una sonrisa desteñida en un extremo de la habitación y la extraño. Conversábamos poco, sin embargo lo que me decía es muy valioso. Su conocimiento es más que básico a pesar de que solo asistió hasta el cuarto grado de primaria y de que vive en un lugar apartado de la civilización rodeado de valles y montañas.

Mamá tenía poco tiempo para demostrar toda la ternura que había en su corazón, además de las múltiples tareas que debía realizar una mujer en el siglo pasado estaba la de cuidarnos a los siete hermanos y a papá. Mi gusto por observar la naturaleza debí heredarlo de ella, mientras recorría el sendero que conducía a la quebrada donde iba a lavar se detenía con cada movimiento que surgía entre el soto bosque, acariciaba con primorosos detalles los huevos o pichones que llenaban los nidos y adornaban las ramas mecidas suavemente por la brisa.

Comencé a disfrutar  del placer que nos embarga cuando el sueño empieza a rendir todos nuestros sentidos, y todas las tareas y pensamientos son puestos en un segundo plano para obligarnos dulcemente a descansar. Con frecuencia le pedía al Creador soñar con cosas muy puntuales, algunas veces me era concedido, “dos de mis tías, una con su esposo, habían llegado a la casa de Mamavieja, cuando eso ocurría todo el orden de la vivienda era trastocado, además, se rompía el espiritual silencio que entre la algarabía de mis once primos, el cloquear de las gallinas y el ladrido de los perros hacía habitable la mansión de quincha. Mis primos están en la casa de la abuela por las mismas razones que yo, en las sierras donde viven sus padres no hay escuelas, sin embargo la distancia de esos lugares a la casa de la abuela y de allí a donde viven mis padres es mucha. Durante el período escolar sus padres vienen a visitarlos tres o más veces, no así los míos, a los que no vuelvo durante el período escolar”.

“Por esas razones ilógicas yo no le caigo bien a mi tío político, marido de tía Josefa, sin embargo me manda a la abarrotería del señor Gollo a comprar hielo para hacer refresco de naranja para todos. A la velocidad del rayo y bajo el calcinante sol atravieso el polvoriento y muy caliente camino de tierra casi saboreando la chicha de la que con seguridad me darán un vaso. Ya de regreso veo a todos mis primos rodeando al señor Chico, el que prepara la naranjada. La boca se me vuelve agua, pero hasta allí llegó mi ilusión, no me dieron, era la forma de demostrar que no me quería”.

Nunca de entendido porqué ninguna de mis tías intervino, y tampoco qué puede llevar a una persona a odiar a un niño manifestándole tanto deprecio.

Fui un niño sumiso, estudioso y respetuoso, trataba de hacerlo todo bien, era el primero en cumplir con mis asignaciones. Me gustaba cantar, aunque no sabía la letra completa de ninguna canción, ya que en casa no había radio portátil, solo uno colocado en una repisa en la pared, pegado a una antena en la que solo se escuchaba noticias, y eso cuando un adulto lo encendía. La escuela tenía doble turno lo que me daba la oportunidad de regresar a casa al mediodía para ver si había algo de comer, de lo contrario no habría ningún reproche, estaba educado para entender que si no me ofrecían era porque no había. Mamavieja era una mujer noble, de un gran corazón, sabía que jamás me hubiera dejado sin parte.

En mi mente habían muchos planes, competía con Fátima por el primer puesto en la escuela, no siempre me trataba bien, pero cuando lo hacía me hacía sentir importante, era la hija de una maestra y la sobrina de dos de mis mejores maestros. Ella contaba con todo el material didáctico para sobresalir, no era mi caso, yo apenas si tenía lo básico.

Mañana será el último día, mi padre me pidió a través de un conocido que regrese con él a la finca La Florida propiedad de mi abuelo, me he despedido de Mamavieja, casi con la seguridad de que no la volveré a ver, fue mi último año de primaria, y aunque todavía faltan dos semanas papá cree que ha sido suficiente, me necesita para la cosecha, razón indiscutible por la que debo abandonar el aula. Al salir de clases abordo al maestro Liberato y le informo el plan de mi padre al mismo tiempo que me despido haciendo un esfuerzo muy grande por contener el llanto.

Demetrio, el hombre con el que regreso a la finca es una de esas personas a las que se les puede llamar raras, casi no habla, nunca mira a los ojos y tiene actitud de ausencia de su entorno. Después de dos largas e incómodas horas de viaje junto a gallinas, cerdos y equipajes mal acomodados nos bajamos de la chiva justo a la orilla del camino que nos llevará a nuestro destino.

Ha llovido y el olor a tierra mojada perfuma todo el ambiente dándole un toque de libertad inspirador, el silencio solo es interrumpido por el canto tenebroso de aves nocturnas a las que aun estando muy cerca la oscuridad no me permite ver. Mi compañero de viaje empieza a caminar con paso acelerado, sus piernas largas y su habilidad para desplazarse en la oscuridad me obligan a trotar para poder mantener la distancia necesaria para no perderlo de vista.

El viento parece que está anunciando otro aguacero, algunas ramas me saludan golpeándome ligeramente el hombro y de vez en cuando un animal invisible trata de ocultarse ignorando que no lo puedo ver. A dos tercios del camino Demetrio se detiene, el Río Caimito está muy crecido, maldice con un gesto y gira, lo sigo hasta llegar a un bohío en construcción, allí pasamos el resto de la noche sobre unas tablas asimétricas apiladas justo en el centro de lo que será la única habitación, el caballete aún está descubierto lo que me permite ver la luna nueva que acaba de aparecer entre nubes aparentemente enojadas al ser abatidas por el viento.

Antes de que amanezca emprendemos nuevamente el viaje, ya se puede ver el vado de madera por el que debemos cruzar asidos de una envejecida soga. Mi tutor circunstancial acelera el paso, pero como conozco el camino me conformo con verlo en las pequeñas rectas, sin dejar de caminar miro con complacencia las aves que empiezan su rutina diaria, el concierto conformado por las aguas de los arroyos, el canto de los pájaros, el sonido del viento entre las ramas y las voces de pequeños mamíferos que al verme proceden a alertar al resto de los huéspedes de la selva me invita a ser parte del entorno y saca de mí improvisadas canciones que fluyen como ríos desde lo más profundo de mi corazón.

En una de las últimas curvas veo parte de mi compañero que se desvía y toma el sendero que lo lleva a su casa. Desprecio el puentecillo de piedras que sirve de paso a la quebrada que como a doscientos metros me separa de la casa de mis padres y sumerjo mis pies en sus heladas y cristalinas aguas.

Después de que papá me hace conocer mis asignaciones me dirijo al potrero, paso revista a lo que ya conozco y advierto algunas cosas nuevas. Me siento sobre un tronco muerto y hojeo mentalmente el álbum de mis propiedades secretas, (la guarida de los armadillos en el barranco rojo, el secretísimo vado que usan los venados para cruzar la quebrada, la profunda herida en el vetusto aspavé donde cada año anidan los patos salvajes, la fuente que brota levantándose como a dos pies en una gran roca azabache y que cae en un pozo de piedra, según mamá, construido por los duendes, y muchas cosas más, que por ser tan mías, no quiero nombrar).

Aquella tarde subí hasta la cascada del olvidado pueblo donde nací, estaba mi alma llena de nostalgia, de esas penas que llenan al hombre cuando crece, me coloqué junto al lado del chorro y pensé: ¿Cómo se puede sentir paz con el estruendo que produce la caída del agua?

Subir hasta la parte más alta de un árbol y mirar sobre el dosel del bosque es una experiencia inefable, es como ver toda la vida flotando al ritmo de la naturaleza y escuchar el concierto de voces cantando al mismo tiempo en tonos distintos, donde la alegría, la tristeza, la pena y la soledad contrastan armónicamente haciendo volar el alma hasta el mismo cielo.

La pareja de ruiseñores y sus pichones me han abandonado, solo me dejaron el nido fijado a la ventana, y como recuerdo, algunas plumas que con seguridad le sirvieron de protección a su prole durante el tiempo que fueron huéspedes no invitados en mi casa. Ahora podré volver a cerrar la ventana como lo hacía antes de que ellos sin pedírmelo me lo impidieran. Algunas veces disfruto mirando el paisaje a través del cristal, de esa manera puedo ver sin que el ruido de los automóviles me interrumpa, otras, me gusta abril la ventana y escuchar las bandadas cuando regresan con una admirable puntualidad  a sus dormitorios.

Pienso que las ventanas son pequeñas puertas que dentro de un discreto marco de privacidad nos permiten separar ese pequeño mundo exterior del colosal mundo que encerramos entre cuatro paredes. El libro me mira como reprochándome el haberlo desatendido durante varias semanas, creo que siente el separador de páginas como una fría daga que lo hiere mortalmente. Trato de ignorarlo mientras observo un faro que a varios kilómetros cierra y abre la luz en espacios de tiempo cronometrados para advertirle del peligro a naves marítimas que desde hace décadas cambiaron su itinerario, él sigue cumpliendo la función para la cual fue erigido en un lugar estratégico. Aunque tiene más de cien años, para el paisaje que se ve desde la ventana es nuevo, ha aparecido después que inescrupulosos han talado gran parte de la selva que se interponía entre él y la ciudad.

Me froto una mano con la otra antes de tomar el libro, me llama la atención una marca de cotejo en una de las líneas casi al centro de la página, pero no quiero alterar el orden de la lectura y empiezo justo donde el separador me indica que había quedado. Recorro simultáneamente con la vista y el pulgar las líneas que parecen describir un momento preciso de mi vida, palabras que por crudas no me hubiera animado a escribir en una autobiografía, sin embargo allí están elocuentes y determinadas a hacer que cualquier lector detenga la lectura y mire sin ver, el insondable mundo, prisionero en el pecho de un hombre sencillo.

La soledad definida en versos torturantes, la tristeza completamente desvestida, y la ausencia haciendo alarde de crueldad están impresas en cada página de este tomo donde el autor logra con extraordinaria prudencia sentarlas juntas en la silla del parque del corazón.

Muy cerca de la puerta en la desolada pared las agujas del reloj se abrazan, lo tomo como un sarcasmo que me recuerda lo que la distancia hace imposible entre dos seres que se aman. Pospongo la lectura y empiezo a anotar las palabras que me está dictando esa voz interior a la comúnmente llamamos corazón.

Al despertar veo mi entorno como si hubiesen transcurrido varios años, hay varias hojas tiradas sobre el piso con aparentes torturas de un puño descontento o frustrado, las recojo como si fueran algo extraño, las coloco sobre la mesa y las estiro para poder leer lo que con letras de diferentes estilos está escrito en ellas. Recuerdo casi la mitad de lo que leo, una tibia lágrima me entorpece la visibilidad y un sollozo cautivo hace ingentes esfuerzos por abandonar su cárcel, con primorosa actitud las introduzco en una carpeta donde tengo exámenes por calificar y pongo sobre ellas un pisapapeles en forma de diamante que guardo como recuerdo muy especial de un amigo en el día de su cumpleaños. El humo del café sale sigiloso por la ventana semi abierta imitando a una esquiva serpiente voladora, nuevamente tomo el libro y me doy cuanta que la paciente marca me está esperando, “camino de vuelta”, aquí, en esta frase parece estar enjaulado el pájaro que trina a través de todo la lectura dándole un matiz místico a cada línea sin dejar de expresar con inusitada valentía toda la pureza de una conversación entre un hombre y él mismo, consciente de que la franqueza y la honestidad pueden condenarlo.

Confieso que estoy atrapado entre las páginas de un libro del que desconozco su autor, pero que, con honestidad, quisiera haberlo escrito yo. Es una celda en la que entro por mi cuenta, y que al cerrar la puerta tras mí, hay un mundo que se va agrandando a medida que empiezo a explorarlo. Allí me encierro por tiempos indefinidos, pero a pesar de los largos recorridos en cuanto desee abandonar mi extraña cárcel encuentro la puerta justo a mi lado.

Fuera de ese imperturbable mundo donde todo parece tan bien ordenado la vida es diferente, hay horas en que todos parecen tener el mismo itinerario y por consiguiente, tropiezan entre sí. No es fácil adaptarme al entorno luego de disfrutar del sosiego que me abraza en ese encantador universo, pero la experiencia está de mi parte, aunque algunas veces dejo parte de mí frente a las gigantes pantallas que exhiben simultáneamente todos los hechos que ocurren sin tiempo.

… y volví la mirada aunque ya mis ojos no veían nada, frente a mis espaldas el camino bordado de huellas olvidadas y de hojas secas cubriendo la paz escrita en la historia de dos almas, por el destino atravesadas.

A veces muero y mi último suspiro escribe versos escondidos entre la tarde y el amanecer,

y mi lánguida mirada atrapa con sus manos lentas las gotas de un invierno que se esconde en los tímidos riachuelos que mirando al cielo se acercan al mar pequeño.

Quiero ser la luz que llega al corazón más sombrío, el aroma que atrapa la soledad en esas noches de silencios mudos, cuando el paisaje cierra la puerta del profundo cielo oculto en el lúgubre ataúd que danza en la eterna noche del sótano del lago azul.

Sentada en un taburete mamá mira absorta los pájaros que comen olorosos mangos cuyo árbol los exhibe en atractivos gajos, está distraída, tanto que no advierte que estoy a dos metros de ella, aprovechando su distracción coloco mis manos en los bolsillos y dejo que mis pensamientos recorran en retroceso hasta llegar al tiempo que viví con ella. Entre las escenas que aparecen estoy en sus piernas mientras ella canta tonadas campesinas impregnadas de melancolía, una de sus manos revuelve mi pelo y sus pernas en un cadencioso movimiento al ritmo de su canción me transportan a ese paraíso que es el amor de madre.

Desde siempre he querido saber porqué mamá lloraba, se iba a la sombra de un frondoso árbol de roble, miraba alrededor como para cerciorase de que nadie la observaba y con el brazo sobre su rostro lloraba desconsoladamente. Luego regresaba a su rutina donde la esperaban varios silencios interrumpidos solamente por estrofas de viejas canciones que habían sido transmitidas de generación en generación y que entonaba con una voz plañidera apropiada para la letra, que a veces, debía inventar los eslabones perdidos por el tiempo o discriminados por el recuerdo.

Durante la estación seca solía sentarme en lo más alto de una enorme roca cubierta por orquídeas de distintos colores que eran visitadas por pájaros multicolores, entre ellos los diminutos y asombrosos colibrís que mágicamente se sostenían en el aire mientras chupaban el néctar y cazaban insectos polinizadores. Allí me quedaba sintiendo las caricias del aire frío que bajaba de las montañas, mirando detenidamente las nubes que casi topaban al césped, observando la quietud de los picos que al despedirse el sol se vestían de un gris señorial, y escuchando las melancólicas y bien estructuradas voces de las aves en inefables arpegios cuando hacían perfecta simbiosis con el ambiente mientras buscaban sus habitaciones en las ramas cargadas de frutos y flores que habían apagado sus luces para proteger a sus huéspedes nocturnos.

La noche no quiere darle paso al día, en mi consciente ha amanecido, pero las nubes cargadas de invierno se interponen entre el sol y la pradera dando un espectáculo arrobador, el paisaje está cubierto con un vestido de colores sobrios y animado por la algarabía de las aves y pequeños mamíferos a los que el reloj biológico ha despertado y que se dedican a su rutina. Frente a mí hay decenas de nidos de oropéndola a los que la brisa balancea rítmicamente causando una armonía admirable.

Una planta trepadora está subiendo por el alambrado, sus zarcillos se aferran a las cuerdas húmedas por el rocío nocturno desde donde resistirán las inclemencias del tiempo. Un carpintero golpea repetidas veces una rama, que aunque hace mucho tiempo agonizó, sigue formando parte de un frondoso nogal que ha quedado solitario.

Aunque me gusta, hace mucho tiempo que no canto. Abro la ventana y paso la mirada por el paisaje, luego de unos minutos la dejo surcar el espacio hasta detenerse en la parte más alta del faro que incansablemente sigue emitiendo la señal de alerte a barcos que hace muchos años dejaron de transitar en esa dirección. Asgo mi barbilla y me inclino sobre la mesa para apoyar el codo, pienso en qué habrá sido de mis compañeros de primaria. En esas fructíferas conversaciones durante el recreo conocí parte de sus planes para cuando fueran adultos. Casi todos los míos cambiaron a fuerza del destino, otros se cumplieron parcialmente, aún así, conservo algunos como compañeros silentes que viajan conmigo en el tiempo viendo como son reemplazados.

El sonido de la lluvia sobre los techos oxidados emulan las melodiosas voces de las cascadas en verano y su concierto me invita a leer las últimas páginas del libro. He regresado incontables veces a releer párrafos que parecen estar explicados con delicada precisión a medida que el libro llega a su final. En la postrimería del libro también parece estar la del autor, sus palabras toman un gris intenso, su voz parece estar pegada a cada una de ellas como para asegurarse que el lector, cualquiera que este sea, lo está escuchando. Con certeza puedo decir que en él está escrito un guión dictado por el corazón.

Apenas si me doy cuanta que son tantas cosas las que he dejo atrás, tantas que podrían ser la vida de varios hombres. La ignorancia y la pobreza indujeron a papá a registrarme con diez días  menos a los de mi nacimiento, de acuerdo a lo que me dijo mamá, por motivos de trabajo se encontraba lejos de casa y cuando regresó quiso evadir la multa por registro tardío. Sin embargo, mamá me dijo que usara la verdadera, y así lo hice. Fue hasta cuando fui a hacer los trámites para el seguro social cuando tuve que enfrentar el error y adoptar mi fecha legal. De alguna manera esos insignificantes 10 días me hacían sentir más joven. Socialmente nunca quise cambiarlo, ocasionalmente recibía felicitaciones por cumpleaños en ambas fechas.

Si tuviera que calificar los grandes errores del hombre, burlarse de los sentimientos de los demás sería el merecedor de la nota más baja. La burla es una actitud disimuladamente perversa, tanto del que practica la burla como del que disfruta de esos viles crímenes, es de lamentar que ocupe un recinto en la mayoría de los corazones. No hay alma noble que participe de un acto de burla, mas bien, dirigirá gestos o palabras de reproche a quien lo esté haciendo.

La tarde ha uniformado todo el paisaje, a lo lejos, entre las copas verdegris de los árboles reunidos en inconsciente necesidad una cigarra expresa con su canto su inaplazable deseo de amar. Para esta hora ya casi todos los habitantes del bosque están ubicados esperando la noche, se pueden recoger versos por todas partes, la poesía nocturnal también lo ha invadido todo. Coloco mi abrigo sobre una roca y me siento a disfrutar de ese pequeño universo que ahora me pertenece por completo. El aroma de las flores que esperaron la noche para abrir conquista el ambiente dándole un toque de boutique parisina, insectos nocturnos revolotean disputándose el polen mientras las voces del silencio, que encajan perfectamente en las múltiples escenas, se acoplan al maravilloso concierto.

La puerta automática del supermercado se abre, una mujer entra hablando con nadie y se justifica de la actitud que tomó con un joven que se dedica a pedir limosna en la entrada, mientras, muchos pares de ojos la recriminan en silencio, colijo que es una comunidad de veedores del apuesto y bien vestido hombre que vive del servicio social informal.

A unos metros de la entrada el muchacho continua su rutina, su entristecido rostro refleja la resignación de lo que pudiera ser una situación inevitable. Un niño con uniforme de primaria extiende su mano y pone sobre la de él un billete arrugado y comprimido, también le dice algo que no me fue posible escuchar, pero la grandeza de la escena, ese cruce de miradas espontáneas entre el niño y el joven permanecerá como un tatuaje azul en mi corazón.

Ahora mis ojos tienen un brillo tan distinto al descrito al inicio de este libro, no han dejado de brillar, sin embargo, ya su brillo no es el de un diamante pulido, sino el de un arroyo que después de desprenderse tantas veces por acantilados y caer sobre filosas rocas refleja el armonioso sistema de tonos del esplendor del astro rey.

Confieso que me sorprende la ternura y el grado de sensibilidad que ahora tienen mis manos, cada vez que alguien me saluda dándome la mano puedo leer con meridiana claridad sus sentimientos y al mismo tiempo proveer desde allí algo de paz humana al más lastimado corazón. Para darme las gracias, casi por nada, un adolescente me dio la mano mirándome fijamente a los ojos, en esa mano mucho más grande que la mía pude palpar las enormes y sangrantes heridas que encogían su pecho, y aunque sus ojos grises sostenían una alegría pronunciada, supe que el llanto que corría por su interior estaba a punto de brotar como fuente reprimida.

Cuando me siento en la ribera del río espero a que alguno de sus habitantes me llame la atención, hay veces que paso horas en silencio contemplando ese lugar lleno de vida oculta, de árboles que cuando el viento sopla parecieran querer volar, y siguiendo con la mirada las hojas muertas que desfilan sobre el manto de seda plateada en su largo viaje hacia el mar.

Después de que la noche haya cubierto el paisaje con su oscura toga me siento otra vez frente a mí. En la paz que hay en este lugar reaparecen en cronológico tiempo el niño que fui, el adolescente que desafió al mundo, y algunas veces, muy pocas, el hombre que ahora soy. Siento incertidumbre al estar frente a ellos y no conocerlos tan bien como debiera, es algo así como esa sensación de vergüenza que sentimos cuando alguien nos saluda con aprecio y no lo reconocemos. Gradualmente entramos en confianza, es entonces cuando aparecen gestos de asombro al escuchar las respuestas a preguntas incómodas, y con frecuencia, hasta fragmentos insólitos de íntimas conversaciones entre los tres.

Ha empezado a llover y en el oscuro bosque hay un silencio luctuoso, las ramas cargadas de pájaros se confunden con la noche, mis lágrimas se mezclan con las irregulares gotas que al golpear las hojas rebotan besando con rudeza mi rostro. Es un llanto del que no quedará ninguna huella, solo, en el fondo de mi pecho, mi triste corazón sabrá que he llorado.

Mis pasos son irregulares, pareciera que no conocen el camino de retorno a casa. El agua corre por el sendero como serpiente asustada, a su paso arrastra miles de hojas que fueron sorprendidas por la tormenta mientras dormían y que ya nunca despertarán.

Sostengo una taza de café cuyo aroma me transporta a la fría habitación de aquel hotel en Lima. Era verano y la ciudad estaba cobijada por militares con sus cuerpos erguidos, su mirada transparente, sus lindos uniformes y sus atemorizantes metrallas. Toda la ciudad parecía una enorme celda donde cada habitante era un reo al que todavía no se le habían formulado cargos. Las pilas del reloj que vivía en la pared se habían agotado y llevaba varias semanas obligándome a vivir la misma hora. En realidad me había puesto al día en tareas que el vertiginoso tiempo de un reloj andando no me permitía, sin embargo, la luna solía desaparecer y reaparecer sistemáticamente en mi ventana, y el ruiseñor que alguna vez la había usado para colocar su nido llegaba a deleitarme con su privilegiada voz.

Ahora leo las últimas páginas del libro, mientras lo hago, paralelamente mi cerebro lee el sentimiento acumulado en las orillas de ríos y arroyos cuya existencia consiste en despedir la corriente, deduzco que nunca alguien ha visto sus lágrimas, pues son arrebatadas por el agua que viaja sin detenerse. Creo que todas las personas hemos sufrido las despedidas, pero, pienso, en esas cuando despedimos a alguien que nunca regresará, despedidas que nos separan el alma del cuerpo, la voz de la mirada, adioses perpetuos que marcan nuestras vidas dejando tatuado nuestro corazón y que esculpen en nuestros labios la palabra amor con la indeleble tinta del recuerdo.

Una minúscula libélula dorada comparte con una brillante mariposa gris una hoja ámbar que agoniza sobre las cálidas aguas de un estanque abandonado. Es una tarde diferente, el sol, con una rebeldía inusitada, ha decidido esperar la noche para quitarle su oscuro vestido de lentejuelas negras y poseerla. En la infinita profundidad del pozo una rama decorada con un nido de tangara verde se mueve, también el cielo se ve reflejado en la cisterna dando la impresión de un enorme espejo de colores que danza suavemente con el movimiento de las ondas causadas por la brisa y por algunas semillas que dejan caer los murciélagos que colgados de una liana se alimentan.

Déjame llorar
Como llora el cielo al comenzar el invierno
Como llora el lastimado cántaro roto
Como llora la cascada después del aguacero
Déjame llorar
Como llora el niño… su juguete roto.
 
Déjame llorar
Como llora la nieve cuando el sol la visita
Como llora la tarde cuando hay tormenta
Como llora el jardín a la rosa marchita
Déjame llorar
Como llora el niño… a su madre muerta.
 

Después de una larga espera me han llamado para entregarme el apartamento donde me mudaré, es casi tan pequeño como el que estoy dejando, pero en un lugar menos céntrico. Sé que extrañaré varias cosas que convivieron conmigo muchos años y a las que jamás le di alguna importancia. Llevo varias semanas pasando mis manos sobre las paredes, y deteniéndome frente a la ventana como se detiene un suspiro en el pecho del hombre que le han enseñado a no llorar. Desde esa ventana se me escapaba el alma en su rutina de sobrevolar las nubes al acercarse la noche, también, desde allí, mi mirada cruzaba las tempestades durante los atardeceres de los crudos inviernos y alcanzaba el faro que, aunque no tenía ya sus funciones de alertar, seguía demostrándole al mundo su inquebrantable fidelidad.

No deseaba despedirme, sin embargo, era necesario, aún sabiendo que hay cosas que nunca podremos abandonar, que nos seguirán a cada uno de nuestros destinos con esos rostros inexpresivos y ese silencio capaz de decirlo todo.

Entre las cosas que no empacaré está el retrato de mamá, ya que pienso que podría sufrir daños entre las decenas de cosas que trasladaré apretujadas en bolsas y maletas con un cuestionable orden. Lo protegeré con un sobre plástico y lo llevaré en la mano. Pienso que ella se sentiría maltratada al permanecer en una caja por varios días.

Una mezcla de desodorante ambiental y perfume de despedida está encarcelada en las dos habitaciones de mi nueva pieza, como se me hace insoportable abro sendas ventanas para permitirle al viento que retire a los huéspedes desagradables que me dieron una bienvenida planificada.

En el fondo de una gaveta yace inconsciente un sobre que parece guardar una carta, no está cerrado, pero sobre él duerme un abrecartas azul plata con unas iniciales del alfabeto chino grabadas en oro rojo. Creo que posiblemente los anteriores huéspedes pasarán a retiralo en cualquier momento. Por ahora dejaré las cosas destinadas a ese lugar pendientes, coloco sobre la parte superior en retrato de mi madre, nos miramos detenidamente, ella con su nobleza, yo con el agradecimiento más grande del mundo.

La soledad despierta y me abraza, su impresionante ceguera la conduce hasta uno de mis sentimientos más secretos, con su acostumbrada indiscreción lo subraya, luego se separa de mí sin dejar de mirarme, se sienta en una butaca concebida para dos y me invita a sentarme a su lado. La lluvia hace una cortina de perlas plateadas que me impiden ver a través de las ventanas, una planta que estaba condenada a morir de sed en una maceta sostenida por una cuerda atada a un clavo a dos pies de la pared que le sirve de apoyo a la ventana se regocija con el aguacero. Las gotas que caen sobre ella salpican mi rostro hasta convertirse en un pequeño arroyo que me llega hasta la barbilla e intenta saltar hasta el piso. Las doradas luces de la ciudad se descomponen con la lluvia dando la impresión de millones de luciérnagas que hacen danzar sus chispas de fuego por el espacio.

La noche ha sido larga, no tengo registro de haber dormido, me pasa siempre la primera noche que estoy en un lugar extraño, algunas aves cantan anunciando el nuevo día, mi niño interior tararea la canción con la que rompía el silencio cuando atravesaba los largos y polvorientos caminos de ida y vuelta a la escuela, si no fuera porque hace mucho tiempo lo llevo reprimido lo hubiese mandado a callar. Esa canción la aprendí de Mamavieja mientras hacía las tareas escolares y aguardaba a que me llamara a la mesa. Es una pieza con letra remendada debido a que ella no sabía algunas líneas de la composición y le había injertado parte de sus vivencias, algunas de ellas las pasé a su lado. Cada palabra que forma la canción evoca un pasado donde su protagonista ríe y llora con la misma intensidad, risas y llantos que se conjugan para describir toda la nobleza y el espíritu de lucha de un alma de frente a la adversidad.

Llevo un mundo de mapas perfectamente ordenado en mi mente, una colección de recuerdos dibujados con fina precisión, cada detalle de mi vida tiene una leyenda al pie y está marcado con las huellas ya borradas que dejé en el camino, muchas veces regado con el llanto de la angustia y bordado con el miedo que produce la inseguridad.

En estas cortas vacaciones seleccionaré uno o dos de esos mapas y visitaré aquellos tiempos donde las múltiples dificultades me obligaban a ser niño y hombre simultáneamente. Tengo la certeza que aún se encuentran fijadas a las piedras las prolongadas conversaciones que sostuve con majestuosos árboles que al pasar me invitaban a sentarme sobre sus raíces mientras el arroyo se divertía corriendo sin dejar de permanecer parado en el mismo lugar. Allí estarán las notas que escribí con la indeleble tinta del corazón, estoy seguro que están deseosas que las traduzca a los nuevos habitantes del camino viejo que aunque llegaron cuando ya me hube ido no les soy extraño.

Quisiera poder describir la mezcla de sentimientos que aparecen a la vez entrando por cada poro y que en un complejo abrazo tocan hasta la fibra más profunda de mi ser. Un pájaro gris con el pecho dorado aterriza a la orilla del arroyo, me saluda con la sensatez del que tiene toda la libertad y no quiere comprometerla por nada, se sacia y levantando el vuelo se pierde entre la distancia y la copa de los matorrales agradecidos por las primeras lluvias.

“Cuando regreso a casa después de acariciar el bosque y contemplar el mar, me detengo en ese íntimo lugar donde su retrato me mira y sus labios me tocan, y vuelvo a escuchar palabras que son solo suyas… que son solo mías”.

Puedo percibir el olor a infancia en las limosas piedras que viven en la quebrada, en los nidos vacíos donde perlas pintadas de colores de gemas encerraron polluelos que hoy le cantan al atardecer y al alba. Un cordón de piedras alineadas por la fuerza del agua cerca la cristalina mansión donde esquivos peces mantienen fija su mirada en las nubes que sin mojarse se introducen en el agua.

Sé que hay cientos de huellas dejadas por mis pequeños pies en ese delgado espacio que separa la corriente de el bosque. No puedo verlas, pero podría dibujarlas, desde esas donde afirmaba la pisada, hasta las que di en la punta del pie para evitar que la belleza de la naturaleza se escapara al sentirse amenazada. Fueron días cuando la felicidad y la desgracia se unían en perfecto concierto para formar a un hombre mientras el niño jugaba.

Me detengo a observar una rama que a pesar de estar rota exhibe con primor varios gajos de flores a las que parece haberles puesto el color del atardecer de los últimos días del verano, en el lugar donde está localizada su herida una pata tiene su nidada. El perfume de sus flores promueve la visita de insectos que adornan el ambiente y con sus zumbidos estimulan a danzar al resto de las ramas. Más que un paseo es una visita donde el niño y el hombre redescubren una historia que quedó escrita en los troncos, en las piedras, en el silbido del viento y en cada una de esas ocultas miradas.

“Crepúsculo, hora en que el pensamiento atraviesa el alma, tímido espacio en un poema donde el corazón no dice nada, gota de llanto que brilla en el suelo, sobria sonrisa de una pena, dulce tristeza de una rosa cortada, hoja desfallecida que se mira en el riachuelo, vieja carta quemada”.

Subo por el acantilado al que cuando niño vi vestido de exóticas flores y rocas con formas de personajes que yo había creado para interactuar cuando la soledad salía de viaje. Había un sendero entre los matorrales que cubrían completamente al niño obligándolo a escuchar las pequeñas bestias en su hábitat. Trato de ubicarme en el tiempo contando los pasos, lo hice por muchos años, tanto que ya sabía exactamente cuando estaba frente a mi casa, tenía la medida perfecta desde cada uno de los lugares que visitaba en mi rutina diaria. Por un momento me olvidé que ya mis pasos son casi el doble de los del niño, en una operación matemática resto la mitad y me siento justo al lado de aquella roca en la que oculté mi preciosa canica de cristal transparente que guarda en su corazón una flor imaginaria color de arco iris.

Todos mis sentidos están emocionados, comprimo los párpados y coloco los puños sobre mis rodillas, está a punto de ocurrir un suceso que he visto muchas veces en sueños y que ha estado visitando mi corazón desde que crecí. Es mucho más que una pequeña bola de cristal, es el hilo que conduce a cientos de recuerdos con los que está construida mi infancia. No sé si tiemblo o suspiro, me incorporo y busco entre la hierba el lugar preciso donde la memoria del niño guarda su cofre secreto, mi respiración se agita cuando veo una pequeña piedra azul de esas que se encuentran en los árboles después que son heridos con una descarga eléctrica. La quito con primor y allí está, límpida, reluciente, sin edad, frente a mis ojos aparece la joya que dejé durmiendo varias décadas, despierta exhibiendo sus brillantes colores y con su despertar una lluvia de recuerdos, historias y leyendas aparecen como en un lienzo que se extiende del cielo a la tierra, del niño al hombre, de lo remoto a lo inmediato.

“Ahora, que sale la luna a mirar mi dolor, que cubre la bruma mi horizonte azul, que necesita mi alma sentir amor. Buscan mis manos en el viejo baúl, esas antiguas cartas del amor triste, palabras escritas con sentimiento, gotas de recuerdos del día que te fuiste”.

Quiero llegar hasta la colina que en mi niñez veía grande, majestuosa, y, que al subirla, en mis adentros me sentía héroe, pero que ahora que la tengo frente a mí me parece pequeña. Camino despacio, tratando de hacer el menor ruido, aún así, sé que soy un extraño, las aves que parecen las mismas, no lo son, no me conocen. Un tinamú abandona sus huevos y sale revoloteando para escapar y al mismo tiempo despistarme para que no dé con su nidada. Dos esferas moradas yacen sobre el suelo sin siquiera una hoja como nido, a cualquiera le extrañaría, no a mí que conozco bien las prácticas del ave al que papá llamaba “trucho de monte”.

Siento que respiro por los poros, una leve neblina se tiende como un lienzo de tul blanco sobre la colina y llega hasta el pequeño valle, las ramas me saludan y aquellas viejas rocas con huéspedes florecidos y pequeños nidos que parecen cofres de paja, telaraña y musgo me vuelven a contar tantas historias que, en las que hay detalles que me embelesan, y otros que no sabía que había olvidado.

Me siento sobre la raíz de un árbol muerto para escuchar la voz del viento que recorre el cañón por donde corre una quebrada y puedo oír la voz de papá describiendo el paisaje con detalles líricos. Solía frotarse las manos mientras lo hacía, se desplazaba rápido y en silencio, de esa forma no alteraba el proceso natural de los animales que eran extraños conocidos. Dejo al niño en el punto más alto de la colina y bajo por una ladera color mamey hasta una pequeña cascada que canta al ritmo del movimiento de las ramas de los arbustos que bordean la corriente. Una falsa serpiente de coral se desplaza delante de mí mientras decenas de pájaros la anuncian como una visitante no grata. Es la hora de dejar ese espectáculo de escenas maravillosas que me alimentaron el espíritu y elevaron el alma, fragmentos de la vida que viajarán con nosotros por siempre. Estuve tan cerca de la felicidad que si no fuera torpe podría describirla. Desde el valle giro la cabeza y miro hacia atrás, sé que fue la última vez que que pude tocar esos recuerdos.

La belleza es una condición del espíritu, del espíritu del hombre que se coloca en lugares estratégicos a ver pasar la vida y que aprende a reconocer cuando está vestida de sueños, de tristeza, de esperanzas, y de fantasías que solo pueden caber en el corazón. La belleza es todo lo que está a nuestro alrededor, algunas veces nos causa alegría y con frecuencia nos ocasiona dolor, pero el amor no puede existir sin ella.

Un riachuelo que parece acabado de nacer serpentea entre las hojas que se vistieron de luto después de descender para convertirse en alimento de las que las reemplazarán, decenas de rayos casi tan largos como el cielo anuncian la despedida del astro luminoso que penetró la cumbre de la montaña en un hasta luego melancólico que me recuerda que debo hacer un doblez la página.

Algunos sentimientos aún sin profundizar quedan en cada uno de los pasos que voy dejado atrás, una pareja de liebres grises me mira con sus circulares ojos negros a la vez que rumia el pasto suave que empieza a aparecer a la orilla del sendero marcado por las huellas de zahínos y ñeques que usan la ruta para llegar hasta las fuentes de agua. El “trucho de monte” y la “perdiz de arca” se ponen de acuerdo para ofrecer un lindo concierto, ambos aprovechan la hora final para alabar al Creador entre el crepúsculo y la noche, me extasío y me quedo inmóvil escuchando el canto que me hace viajar a ese mundo mágico que conocí en mi niñez y que esculpió con inocencia una historia de pureza en mi corazón.

En la oscuridad de la noche escucho el perfecto silencio de los pasos de quienes me observan sin saber que no los puedo ver, atravieso con prudencia el estrecho sendero donde la hierba húmeda por el rocío típico de la hora me toca con reverencia guiándome para que no me salga del camino. Una sombra de considerable tamaño cruza a la velocidad del rayo a unos metros delante de mí, por el ruido que causa a su paso por el sotobosque pienso que es un puma, la impresión es fugaz, reanudo mi viaje de dos horas de regreso hasta el punto donde se encuentran las primeras viviendas. La música que me acompaña tiene la virtud de regresarme al pasado y volverme al presente simultáneamente, pero toda esa paz fotografiable, en pocos minutos será solamente parte de un pasado inolvidable.

El humo que sobrevuela la taza de café mientras hojeo el mapa imaginario despierta mi curiosidad por el próximo destino, un pequeño pueblo campesino donde, en mis tiempos de niño, era un modelo de familia casi perfecto. Descansaré unos días y empezaré una nueva e irreemplazable aventura del corazón.

La mujer que me trae el desayuno me mira con visible extrañeza, me da la impresión que cree conocerme y que busca apresuradamente en su memoria desteñida por la vejez rostros de niños para relacionarlos con el mío. Por mi parte hago infructuosamente otro tanto, pero el inclemente paso de los años ha borrado los rasgos que pudieran llevarme a identificarla. Cuando le pido la cuenta se me acerca y con cierta timidez, no propia de su edad, me pregunta por mamá, pienso que es una sabia manera de que yo me identifique por lo que retraso mi respuesta con una pregunta investigativa, ¿conoce a mi madre?, se muerde el labio superior y estruja el delantal con ambas manos, luego, responde: “sí, Efigenia era amiga de mi papá”. El nombre es suficiente para eliminar las dudas, mamá vivió catorce años a media hora a pie del restaurante donde me encuentro. Cuando me levanto para abandonar el lugar, se me acerca casi corriendo y me dice, “me la saluda, dígale que Marialina”.

Son las 10:23 de la mañana cuando el transporte se detiene a la entrada de El Carate, el pequeño pueblo donde iniciaré otro recorrido por esos intrincados vericuetos marcados en el mapa de mi corazón.

Una sensación de frío y melancolía recorre todo mi ser, saco de mi ligero equipaje una lista de nombres, en su mayoría fueron compañeros de clases en la escuela primaria. Estoy consciente que casi todo debe haber cambiado, aún así, buscaré con un gusto irreprimible lugares, árboles y caminos en los que la huella del niño jamás podrá ser borrada, en la que esas mis miradas absortas siguen todavía tendidas entre los espacios que separan el cielo de la tierra.

Se nos va la vida sin decir adiós, se borran las penas, las heridas, se seca el llanto, enmudece el sollozo, y se entristece la habitación se los dos.

Se nos va la vida entre una y otra cosa, quedan, los besos reprimidos, muchos abrazos nunca dados, sonrisas en la soledad, y en un jarrón, los pétalos de una rosa marchita.

Se nos va la vida entre la tarde y la noche, sin decir nada, con la mirada cansada y su vestido de luto, sin dejar, ni siquiera, en sus huellas un reproche.

Se nos va la vida como ave que ya no canta, queda su espacio en la mesa, la celda donde estuvo presa, retratos con lejanas miradas, y una olvidada canción en la garganta.

Se nos va la vida dejando el aroma del dolor, cartas jamás escritas, versos en un corazón, palabras de amor benditas, y en un jardín descuidado, un botón que nunca fue flor.

Se nos va la vida partiendo en dos el amor, abrazando en el aire al monte, despidiéndose del valle, sonriendo al cantor sinsonte, y sepultando en el mar todo su inmenso dolor.

Se nos va la vida y se pinta de gris el paisaje, en su última mirada escribe poesía en el aire, su tarea está terminada, y nadie la acompaña, pues ya no lleva equipaje.

Me siento en el suelo de un camino abandonado y coloco al niño en mis piernas, el paso de la lluvia del pasado invierno ha dejado rojas cicatrices donde se refugian insectos que han interrumpido su canto al notar mi presencia. Con el propósito de darle el afecto que forma parte de la deuda que le tiene la vida acaricio el cabello del pequeño y empiezo a narrarle una historia, que hasta a mí me parece desconocida, pero que fue escrita con tinta indeleble en el entorno y estaba en espera de ser leída por su protagonista.

Llegué aquí por primera vez a los siete años acompañado de Mamavieja, que había ido hasta la finca del abuelo a buscarme para que iniciara la escuela primaria, este sitio se llama El Pantano en honor a una quebrada lodosa que cruza el final del pueblo y al mismo tiempo sirve de límite. Es un pequeño valle desde donde de aprecia el Cerro Carate al que hoy veo pequeño, pero que en aquellos días me parecía una imponente montaña.

Hago un recorrido panorámico con mis ojos tratando de ubicar detalles que aparecen borrosos en mi mapa imaginario y logro reconocer el lugar preciso donde estaba un pozo artesiano del que rutinariamente sacaba agua para el consumo, tanto de las personas con quienes compartía la casa, como de los animales de los que la abuela era dueña. Lo que era un camino real es ahora una carretera pavimentada adornada con lámparas y señales para los que la transitan. De vez en cuando un automóvil cruza y sus ocupantes me miran haciendo preguntas que me gustaría escuchar. Un hombre de unos 50 años se detiene a encender un cigarrillo y aprovecho para preguntarle si conoce a las personas de las que le menciono el nombre y apellido, y de algunos su apodo. Mirándome fijamente me responde con otra pregunta, ¿y para qué los busca? Fueron compañeros de escuela y sus padres, y me gustaría volverlos a ver. Hace un gesto con la cabeza indicándome que lo siga, después de diez minutos casi sin detenerse me señala una casa con un amplio portal y una cuerda llena de ropa mojada que impide que la vea si hay alguien. Me quedo observándolo para ver si se detiene, o si mira hacia atrás, pero nunca lo hace, cuando se pierde en una curva de la carretera decido acercarme a la residencia y saludar, lo hago varias veces hasta que sale una mujer joven y con gesto amable me pregunta si puede ayudarme.

Es la nieta de Nelson Barrios, compañero en el quinto grado, se lleva la mano al rostro para secar una lágrima que aún no ha aparecido, en ese momento aparece un hombre de mi edad y con desagrado me pregunta para qué busco a las personas que he mencionado, y antes de que le responda me dice en un tono seco que me vaya. Al alejarme miro hacia atrás sin detenerme y veo al hombre reprochándole a la mujer mientras bate las manos muy cerca de ella, nunca sabré lo que le dijo.

A la mañana siguiente  tomo el camino que me llevará a La Quebrada Del Naranjo, allí, entre los recovecos de la límpida serpiente de agua hay guardados cientos de recuerdos, pero para llegar hasta allá debo pasar por la carretera solitaria que conduce a otros pueblos cercanos, y que recorrí cuando era apenas un camino real de tierra, donde el polvo en los largos veranos arropaba a cuanto transeúnte lo usaba.

Todo mi ser parece estar siendo acariciado por la dura mano que con rigor enseña al campesino desde sus primeros años, el niño se coloca al lado del hombre para vivir a la par escenas que se atropellan entre sí para develar las partes dormidas de la historia, retazos olvidados por el consciente que al ser despertados nos indican con precisión secretos hospedados en el alma.

Mi mirada se pierde en un potrero donde un solitario árbol sigue retando al tiempo y a la inclemencia del hombre, la primera vez que lo vi ya era el único, puedo recordar con claridad cuando olvidé un par de zapatos que me había prestado mi primo Algis, y que como me apretaban me los quité, y por la falta de costumbre de andar calzado los olvidé.

Puedo sentir el olor a infancia en todas las direcciones, la prodigiosa naturaleza tiene el don de colocar el pasado y el presente frente a nosotros a la vez, frente a mí una bandada de perdices que parecen sacadas de una fotografía mental que quedó impresa cuando hacía el recorrido por este lugar se mueve apresuradamente sobre un llano cubierto de pequeñas flores amarillas y en el que de vez en cuando aparecen pequeños espacios de tierra suelta donde estas colonias de singulares aves acostumbran bañarse revolviéndose con visible contento.

Involuntariamente desdoblo el álbum de mi niñez y con curiosidad infantil paso las páginas deteniéndome en una donde el niño llora desconsoladamente recostado al tronco de un árbol de mango, la escena es conmovedora, muchas respuestas salen al encuentro de preguntas nunca formuladas, ha aparecido el eslabón que mantenía perdidos muchos de mis primeros recuerdos.

Después de caminar dos horas, deteniéndome de vez en cuando para observar pequeños detalles que han reemplazado a los que conocí en mis primeros años, guardando con exquisitez el espíritu del pasado, una pequeña casa de bloques, deshabitada, duerme sentada entre la brisa y la paz que se siente a la sombra de hermosos árboles alineados a la orilla de la corriente y que custodian permanentemente La Quebrada Del Naranjo. La reconozco porque clavado a una palmera, a la altura de un hombre, hay un desteñido letrero en un rectángulo de lata oxidada con el nombre.

Los pájaros, el viento en las ramas y el rumor del agua me dan la bienvenida con un concierto impronunciable, si la belleza tiene nombre, debe ser este. Los preciosos recuerdos que se develaron en mi consciente durante el trayecto se hacen a un lado de mi corazón para darle espacio a las nuevas páginas escritas con palabras que el niño entiende, pero que el hombre necesita ayuda del paisaje para poder hacerlo.

El aroma de las hojas que cubren parte de las orillas de la quebrada recita con voz espaciada y seductora cada uno de los momentos que durante mi niñez pasé en completa soledad extasiándome en este lugar tan mío, y tan secreto, a pesar de que era visitado por adultos.

Inclino la cabeza y miro, a través de las ramas invertidas, el lejano cielo  que parece estar en lo más profundo de la tierra, es un paisaje donde la fantasía y la realidad se disfrazan entre sí para darle vida a ese mundo de ilusiones en el que viajan los niños cuando la curiosidad los guía. Saludo y me despido a la vez de cada nueva hoja que después de varios meses, o quizás años intentando volar llega en su único y efímero vuelo a la superficie de la corriente. Me entristece verla viajar hacia un lugar desconocido sin detenerse y pienso que lo mismo sienten sus compañeras de rama cuando saben que igual que las que ya se han ido no volverán jamás.

A unos metros un pájaro color café posado sobre una rama saturada de espinas largas y delgadas parece vigilarme, puedo ver su trémula imagen sumergida en el agua del remanso donde tengo anegados mis pies, de repente sacude ambas alas, se coloca de espaldas a mí y empieza a salmear toda la música que lleva en su ser. El resto de la naturaleza acoplada perfectamente a la melodía hace del momento algo maravilloso, pienso que toda la vida que se encuentra en el entorno ha hecho un alto en su rutina para disfrutar el canto del corazón.

Estoy mirando hacia donde nadie mira
Quiero ver:
El dolor escondido
La alegría entristecida
Las tardes que se han ido
Las rosas dormidas.
El cielo en una gota de rocío
La brisa sobre la copa de un árbol
El arco iris sobre la cascada
El adiós despidiéndose de nada.

Una mujer de rostro endurecido llevando un niño de cuatro años pasa a mi lado como si no me hubiera visto, atraviesa la corriente y colocando al pequeño sobre una roca le da instrucciones disciplinarias y luego de sacar ropa de una mochila se dispone a lavarla, siempre mirando hacia donde estoy sentado.

Tomo agua con ambas manos y me la echo en el rostro, me incorporo y retrocedo hasta donde dejé colgado de un tronco mi equipaje, doy una última mirada a aquel paisaje con la certeza que no lo volveré a ver, dos lágrimas con la tibieza de los atardeceres de verano en la campiña caminan sin prisa por mi cara, a medida que avanzo el murmullo de la corriente se va haciendo inaudible y el concierto de las aves diurnas que regresan de su recorrido diario en busca de un lugar para dormir llena de música celestial la última hora del día.

Entre las ramas se aprecia la gigantesca sábana de brillantes colores que el cielo ha tendido para que se coloquen los millones de estrellas que todas las noches se dan cita en el cielo de la campiña.

Hay lugares donde el tiempo parce haberse detenido esperando a ese viajero que nunca regresa, un barranco rojizo parece un estandarte señalando el camino viejo a los que desde hace algún tiempo cruzan el Río Muñoz por un puente moderno. Me detengo a mirar las golondrinas ocupadas en la confección de sus nidos en la pared de tierra que la lluvia ha lavado dejando formas de extraños mapas que se extienden hasta donde el agua ahoga la tierra. El niño observa absorto el mundo que frente a él se desnuda dejando expuesta sin pudor alguno una inocencia vestida de colores y sonidos que fueron detenidos en el tiempo para converger en este instante con la experiencia de ese hombre donde él habita.

En su imparable recorrido el agua golpea una obstinada roca azulada cuya parte sumergida está cubierta de un limo verde que le da la apariencia de cabellera a la que amenaza llevarse la corriente, la roca obstruye su paso con determinada firmeza, y al romperse la corriente nacen plateadas burbujas donde se dibujan efímeros micro mundos que en un instante marcan la historia de dos hombres. 

Mientras avanzo siento la caricia de palabras de antaño que misteriosamente regresan a mis oídos retrotrayéndome contextos de lo que en un tiempo entendí parcialmente. Un sendero que custodia dos alambrados asimétricos despierta mi interés, entro por él con cierta cautela, sendas hileras de árboles de diferentes especies extienden sus ramas a una altura considerable en un abrazo, formando un parasol por donde apenas si se cuelan algunos rayos del sol.

El ambiente es muy agradable, escucho varios elementos de la naturaleza conversar en ese dialecto que casi puedo entender, una puerta de cuerdas de alambre de púas, sostenida por ambos extremos al tronco de un árbol con aros del mismo alambre, señala el límite de una propiedad. No hay señal alguna de que alguien haya caminado por allí en meses, cruzo por debajo del alambrado y empiezo a subir una loma que no me permite ver lo que hay delante. Ya el sol está a mitad del cielo y el sudor resbala por mi cara cayendo sobre el polvo del estrecho camino, paulatinamente va apareciendo delante de mí una pequeña casa, me da la impresión que está abandonada, en su irregular techo han crecido arbustos y una enredadera con flores de una amarillo intenso abraza parte de la pared lateral.

A unos metros emito un silbido agudo con el ánimo de llamar la atención, espero dos minutos y al ver que no aparece nadie llego hasta la puerta que permanece abierta, antes de entrar meto la cabeza, 

Más allá, donde se confunde la línea del suelo con la del cielo hay un mundo al que conocí por referencias, pero tan bien contadas, que creo conocerlo como si lo hubiera visto.