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Opine Sobre La Declaración De Fe

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Buscándote

Era una ciudad desconocida, la gente parecía pasar desapercibido el mundo, la rutina constituía la vida.

Antes de llegar al lugar donde debía encontrarme con la persona que me daría hospedaje a cambio de que le mantuviera la casa limpia, pasé por un descuidado café con la intención de tomar algo caliente, y allí estaba, aunque había otras mesas disponibles me senté junto a ella. Con una voz de silencio interrumpido me preguntó si era extranjero, y seguido se respondió diciendo, está muy lejos Colombia, quizás un día pueda visitarla. Su rostro era expresivo, su mirada decía tantas cosas y al mismo tiempo, que puedo decir que leí un libro mientras estuve compartiendo la mesa.

Después de varias semanas regresé a la misma hora al desteñido lugar con la esperanza de volverla a ver, tomé varias tazas de café mientras leía a
Ernest Hemingway,  pero sin suerte. Así lo hice mientras duró mi estadía en ese país que me abrazó como un hijo suyo.

Antes de regresar a mi país le pregunté a varias personas, dándoles la descripción de de ella, pero no logré nada, parecía una extraña conocida.

En el aeropuerto la busqué con la mirada en cada mujer que pasaba cerca de mí, guardaba la esperanza de que en el último momento, como en las novelas, apareciera y pudiera despedirme y llevarme una imagen reciente de ella y dejarle una mía con la que nos recordáramos siempre.

El libro de mi vi vida fue acumulando tardes nubladas, cielos grises, montañas muy empinadas, vientos en contra, decepciones acumuladas, y sueños que al despertar se convertían en nada. Debía calcular muy bien cada paso, cada mirada, la adversidad me había declarado la guerra, a diario nos mirábamos frente a frente, y aunque yo no le demostraba miedo, era tenaz, sus incandescentes ojos me amenazaban mientras sus hechos me repetían “no hay tregua, yo venceré.

Tenía especial cuidado de no revelar mi situación, para eso trabajaba simultáneamente en mis responsabilidades como colaborador de una importante firma y mantener una conducta de hombre feliz. Es algo tan difícil que comparado con mi trabajo, este último no era más que un detalle.

A pesar de la situación por la que atravesaba siempre tuve un momento cada día para pensar en ella, y con frecuencia me preguntaba si la volvería a ver algún día, esperar ese momento casi era una promesa que me hacía a mí mismo.

Faltaría a la verdad si digo que alguna vez pasó por mi mente olvidarla, como lo es también decir que la recordaba, ya que lo único que de ella tenía era un gesto de amistad en una ciudad desconocida, una mirada abstracta, el dibujo de su lindo rostro en mi mente, y un té de bienvenida y de adiós.

La luna de septiembre pasaba trotando sobre las húmedas hojas que desconsoladas apenas si habían dejado de sollozar. El concierto que producía el viento en las cañas del intrincado cuerpo de un bambú era aprovechado por las ranas para alabar al Creador, esa tarde empecé a leer el libro cuyo título vi escrito en el rostro de una mujer de la que comenzaba a creer que su existencia no era cierta.

Con la timidez que miran los ignorantes al sabio entré a mi estudio, allí, como una promesa abandonada estaba el piano, sostenía en su pecho la partitura de una pieza que hacía años no tocaba. Sin sacudir el polvo que solidariamente vestía sus teclas coloqué mis manos sobre ellas e inicié la pieza después de un tercio. Podía escucharla, sí, por primera vez la melodía que tantas veces había tocado para otros, era mía, las notas llegaban a mi corazón después de hacer una pronunciada escala en mi piel, podía recordar con exactitud todos esos melancólicos lugares donde nunca había estado, esos sitios a donde el corazón me había llevado.

Hoy la playa está triste, pues son muchas las olas que han venido a desmayarse en la orilla. Una gaviota sin cola apresura su paso para alcanzar los despojos de un pichón de albatros que en la soledad perdió la vida. Una agrietada roca trata de detener la furia del viento produciendo silbidos fuertes que contrastan con los suaves rayos de la luna nueva que perforan el mar iluminando la oscuridad de la sima.

Ya no están disponibles los colores de fuego el la lejanía, son pocas las flores que todavía se aferran a las ramas del espectacular guayacán, y es que toda la belleza, toda la elegancia que está por fuera del hombre, ha de terminar un día.

La vida transcurre y en su caminar imprime huellas de placer y dolor, de angustia y felicidad, emula a un jarrón que solía recibir a selectos invitados en el salón de un palacio al que han abandonado sus reyes. Las tijeras de la decepción cortan los sueños que empezaron a cumplirse tarde, la esperanza del hombre empieza a reducirse a monólogos apresurados que carecen de palabras para definir la forma como se ha encogido ese enorme mundo que lo obliga a buscar con lupa en el mapa de su itinerario.

Ahora estoy solo y pienso en ti, en la quietud de la noche puedo cerrar los ojos y verte, acariciar tus manos y besar tu boca, pero no lo hago. Una gota de llanto resbala lentamente por mi rostro y se detiene en mi barbilla, la brisa vuelve a acompañarme, estoy inmóvil, siento frío el camino que la lágrima marcó para llegar hasta donde está ahora…

Pasaron unas horas inadvertidas para mí, desde un vetusto edificio público se escuchan los alaridos de un reloj que pareciera no querer anunciar la hora, igual que yo se siente solo.

…dime, dime soledad porqué no puedo olvidarte.

La vida ha abierto el aula donde dictará su próxima clase, me he perdido algunas lecciones y me cuesta mucho seguir el hilo de la implacable maestra que siente la responsabilidad de obligarnos a aprender todo el contenido. Su sordera crónica le impide saber las razones por las que algunos de sus discípulos se quejan de sus exigencias frente a sus magistrales enunciados. La perfección, esa tirana vestida de blanco pasa al lado de cada uno señalando con violencia sistemática cada uno de los errores en el aprendizaje, para ella no hay, sino, una calificación, apruebas o fracasas, y para cada caso tiene preparada la siguiente lección. Las lecciones no superadas serán reforzadas con creces y se añadirán a la próxima con todo el rigor de la indolencia.

No recuerdo cuando fue la última vez que que me senté en este parque, pero todo está igual, llegué una hora antes de empezar mi clase, cerca de mí hay un hombre con apariencia de cansancio, aunque no puedo escucharlo sé que está hablando con alguien que está ausente. Consulto el reloj y decido entrar al aula que me fue asignada para dictar la clase, está ubicada en el primer alto de un edificio descuidado. Entro y me siento en medio del aula, cuatro personas, que presumo son estudiantes, responden a mi saludo con una mirada desagradable, luego el único hombre del grupo se incorpora, introduce las manos en sus bolsillos, estira el cuello, y me pregunta, mirando hacia una ventana rota que le permite a la caliente brisa entrar: ¿Conoces al profesor?, nos han dicho que es un nazi, pero ya nos hemos puesto de acuerdo para ponerlo en su lugar, y te será mejor unirte a nosotros.

Continuaron llegando estudiantes, la mayoría muy mayores que yo, un estridente timbre anunció que la clase debía empezar, me dirigí al frente y me presenté como el facilitador de clase de Español en la que se habían matriculado. Un silencio de medianoche llenó el salón, el hombre que me habló cuando entré empezó a morder su bolígrafo mientras me miraba fijamente.

Tomen nota del trabajo que deben presenta al final de esta semana, no aceptaré razón alguna como excusa para no hacerlo. Muy pocos copiaron las instrucciones que escribí en la pizarra, luego de tres minutos borré y empecé la clase.

Cuando vi que el tiempo estaba por terminar les dije que si tenían preguntas debían llevarlas a la próxima cita escrita en una página sin rayas, adecuadamente identificada y colocarla en el escritorio, luego salí sin despedirme.

Regresé al parque y todavía estaba aquel hombre que parecía conversar con nadie, lo saludé con un gesto que fue suficiente para que empezara una conversación tan extraña como él mismo. Su manejo del Español era sorprendente, al igual que la calidad de su pronunciación. Aunque el tema no era de mi agrado traté de ponerle la mayor atención, y en la medida de mi conocimiento aportar a la charla. Fue entonces cuando el hombre que me había confundido con un compañero de clases se le acercó a mi interlocutor sin percatarse que era yo con quien conversaba y le dijo, volvamos a casa papá.

Era un día muy parecido a aquel en que la encontré en el café, coloqué la valija donde llevaba las pruebas calificadas en la silla de atrás del automóvil y, tras cerrar suavemente la puerta miré al cielo, por un instante tuve la sensación de que que nadie más habitaba el mundo, el vigoroso brazo de la soledad me abrazó con el rigor que lo hace un niño perdido al reencontrarse con su madre. El ruido del motor me obligó a reubicarme en el mundo conocido.

Las descoloridas casas pasaban en una frenética carrera por la ventanilla, las sombras de algunos viejos edificios parecían dormir bajo los efectos de un sedante sobre el pavimento, esta vez no tuve compasión, las maté a todas.

Llegué con suficiente tiempo para degustar el almuerzo que esta vez cumplía con la función de cena. Me dispuse a cenar, pero en ese momento una mujer con menos años de los que parecía, y con una expresión de vergüenza en la mirada, se me acercó mucho y me dijo, casi en un susurro: ¿Le alcanza para que me dé un poco?

Sabía que deseaba hablar con alguien, su tristeza era espesa, sus manos se aferraban una a la otra como la boca de un infante al pezón de su madre, me hablaba con sus ojos ante la desobediencia de su boca. Dudé en darle una respuesta positiva, pero mi corazón no resistía el llamado de Dios, debía socorrerla. Ahora escuchaba las palabras de papá, “Muchas veces nos ha faltado comida, pero, en verdad, nunca hemos tenido hambre, el hambre es una clase de agonía que retrasa la muerte mientras nos condena a morir”.

Años después de que mi padre me dijera eso supe que había transitado por ese camino con frecuencia, cuando era niño, y cuando se despojaba de su porción para compartirla con nosotros. Dividí la comida en dos partes iguales y le ofrecí la suya. hubiera deseado tener el apetito que ella manifestaba mientras saboreaba cada bocado con particular complacencia. En menos de diez minutos me contó toda su vida, toda su trágica vida, una clase de introspección magistral que me llevó a darle un nuevo significado al dolor, al conjunto del dolor físico con el dolor de los sentidos, a ese dolor desconocido por tantos, ese dolor fiel que se aferra a nosotros como la piel, y que nos aparta de todo lo que pueda parecer felicidad.

Entre las tareas que están sobre mi escritorio, hay una que fue cuidadosamente colocada de tal forma que puedo leer una grosería. Sin tocarlas me dirijo al grupo para solicitarles que copien los cinco primeros párrafos de la lección 2 del libro asignado para composición, no les hago saber que es con el propósito de medir el nivel de caligrafía, la capacidad de observación, atención y retentiva. Mientras la clase está enmudecida procedo a calificar, la primera opción es para la misiva, pero al ver que no tiene emisor la descarto.

Fijé mi atención en una pregunta que parecía totalmente fuera de contexto, ¿Cómo hago para encontrar a ese hombre que vi solamente una vez en en pequeño restaurante?

Además de mí ¿quién sabía de mi solemne búsqueda?. La sola posibilidad de que alguien supiera de mi platónico romance me preocupaba, no porque lo conociera, sino, porque jamás lo había contado a alguien, ni siquiera me lo había expresado con palabras a mí mismo.

La vida me había trazado un itinerario que con frecuencia era distinto al camino por el que yo transitaba. Pero lo conocía, y sabía que debía recorrerlo sin evitar un solo tramo, así fuera escabroso.

Extendí mi mano abierta para sentir las pesadas gotas de lluvia que habían obligado a la torcaza a regresar a su nido. Un gato de esos que no tienen familia humana maullaba en la isleta de una calle inundada, me quité las zapatillas para sentir esa libertad que siente un prisionero sin familia el día que le abren las puertas de su celda y lo despiden con la frialdad de un maniquí en la vitrina de una tienda cerrada. Sentía el mundo bajo mis pies, me hubiera gustado contar con la tecnología que hay ahora para gravar toda la poesía que una sublime y límpida voz me dictaba oculta en las huellas que la corriente causada por el aguacero iba borrando.

La imaginación es como un niño travieso, está vigilante de la distracción para realizarse, para recorrer ese mundo abstracto que solo conocen los atrevidos. Entre la tarde y la noche el universo es diferente, los sentimientos y la voluntad se repelen como la luz y la oscuridad, y entre ellos, ese espacio completamente vacío donde se puede encontrar un lugar para ocultarse.

Lo aprovecho y desde allí, desde donde nadie puede verme visualizo su silueta haciendo lentos movimientos, posada sobre una rústica silla de madera. El lápiz de mi imaginación se desliza sobre una página virgen y plasma todo el encanto de aquella bella mujer.

Su indefinida mirada es un colibrí que vuela y se detiene simultáneamente, su voz es la caricia de la brisa que aún en verano anuncia el invierno, su pelo al caer suavemente sobre su hombro parece sostener el deseo del más puro anhelo de amar.

Un pájaro color marrón aterriza muy cerca de mí, me mira como si nos conociéramos y luego se posa en lo más alto de la señal de “vía sin salida” y empieza el concierto que cuenta con arpegios de melancolía, mi desconsuelo, mi desesperanza, mi ausencia de alegría, y con todo su esplendor, la adversidad de un corazón que ha aprendido a tener la tristeza como compañera, y que sabe que estará a su lado hasta el fin de sus días.

Zapatillas de lona

El lunes visité el Hospital donde están recluidos los niños con cáncer, por un rato me separé de la compañía de mi tía Manie y entré a los lugares de recreación que las instalaciones tienen para quienes aún desean divertirse.

Tomada en una tienda en Ciudad de Panama

Cuando le pedí que me permitiera tomar una foto a sus zapatillas, sonrió con gracia, y casi con ternura dijo: Sí

Lo que vi no fue muy alentador, algo dentro de mí se conmovía violentamente, disimulando o tratando de hacerlo, salí de ese lugar sintiéndome tan pequeño como una semilla de helecho. Mientras me dirigía a la salida pasé por una sala pequeña donde un niño de aproximadamente 10 años miraba la pared, pasé tratando de ignorarlo, mas sentí que me estaba mirando y me detuve, regresé y me paré justo a la entrada.

Una acariciante sonrisa salió a recibir mi timidez, entré y me senté junto a él, quien estaba parado en la cama. Podía contar los poros de su cabeza con no mucha dificultad. Volvió a sonreír, parecía deseoso de romper el hielo. Fue entonces cuando le pregunté que si fuese a recibir un regalo de cumpleaños,

¿Qué le gustaría que fuera?

_No cumpliré más años, ya cumplí el último, solo espero para partir más allá

En  todo caso ¿Qué te gustaría?

_Una zapatillas de lona, color celeste como el cielo, de las que tienen dos hileras de ojos blancos atravesadas por unas agujetas anchas y que huelen a la calle después de la lluvia.

Sabía que no podía estar más tiempo allí sin dejar volar mis emociones, mas no era prudente, así que salí despidiéndome con un gesto elaborado.

Cuando caminaba hacia el automóvil le conté a mi tía lo sucedido haciéndole saber que quería regalarle las zapatillas al niño, estuvimos de acuerdo en volver la siguiente semana.

Fue en ese instante que casi escuché la voz del hombrecito decir “me iré mañana”

Negocié con mi tía y nos fuimos al Mall más cercano, compré las zapatillas, pero al salir de la tienda, sentí que deberían ser mejores, de mejor calidad. Rápidamente retorné y allí estaban, como esperándome, las cambié y volvimos al nosocomio.

Cuando me disponía a entrar el guarda me dijo que la hora de visitas había terminado, le expliqué la situación, pero él se negó cada vez.

Fue en ese instante que apareció una enfermera a la cual abordé y procedí a relatarle toda la historia, con un gesto de negación me dijo, lo único que puedo hacer es entregárselas por ti. Después de unos minutos accedí, me alejé unos pasos y volví a mirarla mientras con un gesto de repetido ruego le pedí que fuera hoy, que se las entregara hoy.

Al día siguiente fui de los primeros en entrar, deseoso de saber lo ocurrido casi corría hacia el lugar donde debía estar Kommi, pero antes de llegar encontré a la enfermera, quien me dijo _se fue anoche, dejó esto para ti.

En un fragmento de la caja escribió “_compartiremos el Cielo”.

Conversación

     Sabía que deseaba hablar con alguien, su tristeza era espesa, sus manos se aferraban una a la otra como la boca de un infante al pezón de su madre, me hablaba con sus ojos ante la desobediencia de su boca. Por varios minutos dudé en acercarme y saludarlo, pero mi corazón no resistía el llamado de Dios, debía socorrerlo …
     En menos de diez minutos me contó toda su vida, toda su trágica vida, realmente hoy le he dado una resignificacíon al dolor, al conjunto del dolor físico con el dolor de los sentidos, a ese dolor fiel que se aferra a nosotros como la piel