¿Tomamos un café?

Iba cayendo lentamente, se deslizaba por el aire con la agilidad de un gimnasta, las probabilidades de que acuatizara en la alberca que el anciano invierno improvisara entre la calle y el parque eran muchas, de pronto la brisa cambió su rumbo y fue a caer en la orilla de un sendero que dormía con la esperanza de ser marcado por nuevas huellas.

Siempre había visto el mundo desde arriba, desde ahora tendría que mirarlo desde muy abajo. Era un lugar desconocido, todo le era extraño, las voces eran muy altas, apenas si podía sentir la brisa, sus amistades se habían quedado en ese mundo al que jamás volvería.

Esa mañana un sol brillante invadía el lugar, las sombras de los árboles se movían al ritmo de una leve brisa dejando entrar los rayos del astro que hacían animados dibujos de luz en los espacios del camino que conducía a un parque donde se reunía la soledad en sus diferentes manifestaciones.

Miré el reloj y saqué mi cartera del bolsillo trasero del pantalón, pensé que con lo que tenía me alcanzaba para desayunar. Del otro lado de la calle había un letrero de neón azul invitando a todos a comer. Entré y leí cuidadosamente los precios, luego lo que servían por ellos. Después de seleccionar me senté a la mesa y me dispuse a orar para darle gracias a Dios por todo, inclusive por lo que podría comprar.

De pronto advertí que alguien me miraba, levanté la cabeza y le devolví la mirada acompañada de una casi imperceptible sonrisa, pero lo suficiente como para que la persona sintiera confianza y se acercara respetuosamente preguntándome, ¿tomamos un café?

Con un gesto asentí, en ese momento me sirvieron mi pedido, el espontáneo “invitado” ordenó lo mismo, pero agregando dos tazas de café. En ese instante apareció en mi mente una preocupación, ¿sería suficiente mi dinero para pagar el total?

Iniciamos una conversación en la que mi invitado parecía confesarse con la celeridad de un condenado, mientras tanto yo trataba de desviar el tema par evitar enterarme de la vida de un perfecto desconocido. Hubo un momento en que ambos quedamos en completo silencio, fue cuando la moza se acercó y colocó sobre la mesa una macilenta bandeja con la factura. Debí haber hecho algún gesto de angustia, pero no podría saberlo con exactitud, puse la cartera sobre la mesa y disimulé mirar el televisor que en “mute” distraía a los comensales.

El “invitado” se levantó y estirando su cuerpo acercó la silla a la mesa, luego, con una sonrisa entre tímida y de agradecimiento se retiró con un gesto de complacencia.

Mientras buscaba en el minúsculo bolsillo deseando que ocurriera un milagro y que encontrara allí lo que hacía falta para cubrir la factura, vi, casi con temor, que se acercaba nuevamente la mesera. Encontré algo, pero no lo suficiente, ahora ya no buscaba dinero, sino, una excusa con la que pudiera evitar un escándalo. Siempre le he tenido miedo a esas escenas publicas donde nadie entiende razones, y se limitan a acusar inmisericordemente.

Pude haberle dicho al hombre que cubriera su cuenta, pude ser franco y decirle que no tenía lo suficiente para cubrir ambas cuentas, pero no tenía claro si era una persona muy necesitada, si había recurrido a mí como única opción para saciar su apetito.

Estaba frente a mí, tomando la factura me miró con simpatía mientras me decía. “gracias por su visita, Don Dannirell, el dueño, pagó”.

Por un instante sentí un conflicto, esa sensación de que lo que ocurrió, en verdad no había pasado, sin embargo, podía ver con meridiana claridad un suceso que parecía de una mente novelesca.

Quise agradecerle a mi improvisado invitado, pero se había ido, en la pared que daba a la salida, a una altura como de tres hombres, estaba su retrato enmarcado en un cuadro tan simple como la mirada del hombre que protegía.

Al verme observándolo, uno de los jóvenes que parecía encargado de la limpieza dijo: es…, era Don Martom, bajó la mirada y sacando un pañuelo, con manifiesto luto en sus ojos expresó quedamente, “el padre del jefe siempre fue un hombre de gran corazón”.

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