¿Editando la Biblia?

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¿Editando la Biblia?

por el hermano Marcos García, Diciembre de 2008

                Una de las frases más escuchadas en los recintos donde nos reunimos los cristianos(as) es la mitad del versículo 9 del segundo capítulo de la Primera Carta del apóstol Pedro.

                La misma es esgrimida con orgullo cuando se sienten humillados(as), o cuando creen que no se les está dando el lugar apropiado. También se usa como herramienta de defensa cuando quieren evadir alguna tarea que se les haya asignado y que piensan les denigra. Algunos más audaces hacen derroche de la expresión “Dios me puso por cabeza y no por cola” citando a Deuteronomio 28:13, la cual es una promesa, pero una promesa condicionada.

                Cuando me ha tocado predicar al respecto (1 Pedro 2:9), tengo especial cuidado de hacer énfasis en el versículo completo, porque creo que la raíz de este error está precisamente en la predicación[1], que queriendo alagar al hombre y a la mujer subsaca textos que sin el apoyo de el contexto se convierten en meras trampas asesinas de almas, en peligrosos manuales de instrucción, en revitalizadores del mortal orgullo, y en refuerzo a aquellos y a aquellas que tienen más alto concepto de sí que el que deben tener.

                La Palabra de Dios es excelsa, está escrita con primorosa perfección, no hay desaciertos en ella. La inerrancia de la misma debe ser una de las razones que debemos tener para leerla con extraordinario cuidado, procurando no buscar lo que queremos, sino, encontrar lo que necesitamos.

                Cuando leemos el versículo 9 en su totalidad podemos ver la razón por la cual somos linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo escogido por Dios.

                La Palabra expresa claramente que es para que anunciemos la virtud de aquel que nos llamó de las tinieblas a la luz admirable, porque alcanzamos misericordia.

                No dice siquiera que parte de esos privilegios nos fueron concedidos, para usarlos como argumentos de superioridad, tampoco dice que es un rango al cual podemos recurrir como tarjeta de presentación. Si somos sacerdotes reales, nuestra tarea es servirle al Rey, y el Rey es Jesús el Señor. Somos una familia escogida la cual Dios escogió para que le sirvamos, Entonces, ¿Por qué inflar nuestro corazón creyendo que esto nos hace superiores o mejores, cuando sólo nos hace diferentes?

                No perdamos de vista que el orgullo es pecado en todas sus manifestaciones. Este se pone de manifiesto en nuestras actitudes, en nuestras expresiones físicas (gestos), pero es más escandaloso cuando lo dejamos que habite en nuestra boca, medrando en ella en forma de palabras desprovistas de amor, palabras que brotan del corazón con la actitud de un demonio dirigido por el mismo infierno.

                Hermano(a), a diferencia de como procede el poder político secular; para el cristiano o la cristiana, el reclamar las promesas que Jehová nos dejó escritas, el hacer uso de nuestros derechos de hijos(as), no nos faculta para herir, denigrar, maldecir o practicar injusticia. Es nuestra responsabilidad hacer las cosas dentro de la voluntad de Dios.           Recordemos lo puntual de las palabras del apóstol Pablo a su amado Timoteo esforzándole a que manejara con precisión la Palabra de Dios.

Con la misma fe con que tomamos a Deuteronomio 28:13 y nos aferrarnos a él, debiéramos asirnos a Mateo  20:16 …los primeros serán postreros, y los postreros, primeros; … ambas son palabra de Dios.

 

Glosario de términos

Derrochar: Malgastar. Emplear excesivamente.

Postrero, ra: Último en una lista o serie. Se dice de la parte más retirada o última en un lugar.

Secularidad: Independencia de los asuntos públicos en relación con los religiosos.

Bibliografía

Biblia Reina Valera 1960

La Biblia de las Américas – 1997

Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, Vigésima segunda edición

Los énfasis son del autor del artículo.


[1] Jeremías 23:14 Yo he visto a los profetas de Jerusalén hacer cosas horribles: cometen adulterios y fraudes, animan de tal modo a los malvados que nadie se aparta de su maldad. Ellos y los habitantes de la ciudad son para mí como Sodoma y Gomorra. DHH – 2002 – Sociedades Bíblicas Unidas.

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